7.5.08

Todo Comenzó…


Todo Comenzó...

Teté Tovar


Comenzó como una huida. Decidí alejarme de ti antes de que nos tomáramos por sorpresa. El cielo estaba gris, seco, sin vida. No quise voltear atrás porque el verte me haría arrepentirme de mis palabras, de mis decisiones y ya no era suficiente.
Aquella mañana me levanté dándome cuenta de que no tenía futuro, de que mis pasos estaban topando con pared; así que tomé la decisión de llamarte, hablarte y alejarme. Y así lo hice. Cuanto cuesta, pero lo hice. El cielo estaba gris, seco, pero continué caminando hasta la estación, tomé el tren y volví a casa. ¿Ahora qué iba a hacer?, tenía un hueco que llenar, así que comencé a escribir la historia de un ser que no sé si es real.
Como todos los cuentos, éste inició en mi imaginación, tropezando con todos los pensamientos que alguna vez fueron para ti, pero que ahora van dando forma a esto, a una historia, cuento, o como gustes llamarlo. El cielo está gris, seco. Alguna vez te vi ahí, sentada con la vista fija en un vaso de café; y digo vaso porque no te gustan las tazas, dices que son ordinarias, sin chiste. Nunca he entendido eso, pero ya deje de cuestionarte. Te levantaste vaso en mano y llegaste hasta la ventana, ¿te das cuenta de que siempre hay una ventana? Me miraste diciendo: “hoy iremos a buscar eso que no encontraste ayer en la librería; hoy será un día para ti y sólo tuyo…” Te creí, te seguí hasta la librería ilusionado, no por encontrar lo que buscaba, sino por estar contigo así, sin nadie, rodeados de gente. Algo pasó, al salir de ahí dijiste que tenías que hablar por teléfono y te alejaste, al volver me viste con esa cara que tantas veces habías puesto después de cada llamada. Dijiste que tenías que volver, que te esperaban, que llamarías más tarde y te fuiste. Me quedé ahí, parado sin saber a dónde ir o qué hacer, “tómalo con calma” me dije, “comienza a caminar y veamos a dónde te llevan tus pasos”.
Caminé y caminé hasta llegar a casa. Ahí, frente a la puerta con la llave en la cerradura, me di cuenta de algo muy importante, ¡olvidé mi auto! Pero qué tonto. Ya ni modo, mañana volvería por él. Ya más tranquilo y con una taza de café (a mi si me gustan las tazas) tomé el teléfono para ver si tenía algún pendiente de trabajo. Llamé a mi secretaria, que por cierto, me regañó diciendo que era yo un desconsiderado, que la tenía con pendiente, que era un irresponsable. Le pedí mil perdones por dejarla ahí a cargo de toda mi vida laboral. Cuando colgué el teléfono, tus ojos vinieron a mí… ese color marrón inmenso, tan color café, tenían en mí el mismo efecto que una taza de café, relajante, abrumadora. Te imaginé en tu casa, en tu hogar, compartiendo con él lo que no compartes conmigo. ¿Qué le dirás, qué le contarás?, son preguntas que retumban dentro de mi como martillo sobre clavo.
Hoy es de día nuevamente, el día es gris, seco. Me quedé dormido frente a mi taza de café, sobre la mesa, muy incómodo. Ya no había tiempo de nada, me cambié de ropa y me fui. Al salir recordé que había olvidado mi auto, ¡qué tonto! A caminar. “Perdón, llego tarde de nuevo, ¿qué hay pendiente?”; entro corriendo a mi oficina, mi secretaria tras de mi, libreta en mano dando cita tras cita. Se retira, me siento, tomo el teléfono y te llamo, timbra una vez y cuelgo. Esto de esperar una respuesta a mi llamada me carcome el alma. Por unos minutos me distraigo trabajando, firmo papeles y salgo para una junta. ¡Mi auto! Tomo un taxi y le pido al chofer que me lleve al estacionamiento que esta justo frente a la librería, le pago, me bajo y entro corriendo; le pago al encargado y salgo volado para llegar a mi junta. Tengo que parar en el semáforo, me toca rojo, siempre que paso por aquí me toca rojo, es como si el destino se empeñara en detenerme frente a la librería en que tantas veces nos hemos reunido para estar solos rodeados de gente. Verde al fin, ya voy tarde, tengo que llamar para que no empiecen sin mi; recibiré reclamos, ya que importa.
He vuelto a la oficina, no has llamado. ¿Tan ocupada estarás que no hay un momento para pensar en este hombre que te ama? Tomo un respiro y sigo esperando. Tocan la puerta: “pase”, es ella de nuevo con su libreta. Me va dando los pormenores de lo que será mi tarde si no empiezo a moverme. Me levanto, salgo de ahí buscando mi auto para perderme en el asfalto nuevamente. Sin ti, nuevamente. Son más de las seis, no has llamado y sigo esperando. Voy a la librería a ver si hay indicios de ti y de tus ojos. Entro; aquí todo sigue como si nada, todo el mundo se mueve, caminan por entre tanta letra sin siquiera fijarse en el prójimo. Te busco por cada pasillo, entre cada libro, entre cada página. No estás, no apareces. Te marco. Un timbre y cuelgo. Espero. Han pasado diez minutos y no llamas. Tengo que volver a la oficina, me han llamado para decirme que me espera alguien. Acelero, creo que eres tú. Maldito tráfico no avanza y yo atorado entre un VW y un cadilac, ¡demonios! ¿Por qué se cierra todo ante mi, por qué no puedo llegar a ti? ¡Al fin! Entro al estacionamiento, apago el motor, abro la puerta y corro a ti. Vaya sorpresa, no eres tu. “Pase a mi oficina, en seguida lo atiendo… ¿no ha llamado nadie?”, “No señor”. “Que le vaya bien”, me quedo solo de nuevo. Mil pensamientos revolotean dentro de mí. ¿Por qué? si me propuse olvidarte… sacarte de mi entorno… ¿por qué dejo que vuelvas a invadirme? “Hasta mañana, que descanse”. Camino a casa voy contando las luces de las calles, no me gusta hacerlo porqué eso significa que voy solo y no estás. La casa me espera fría y sombría. No hay que cenar, abro el refrigerador, está lleno pero no hay nada. Volteo a mi derecha y ahí está, la cafetera aún llena. La caliento y me preparo una taza. A mí si me gustan las tazas. Me dan la sensación de seguridad; de lo ordinario, de que todo sigue. Voy a la sala y me tumbo en el sofá. Cierro los ojos y bebo un sorbo. Está tibio… como tu… suave como tú… se desliza por mi garganta como tus manos, como tus besos… Me odio, no entiendo, no comprendo que no estés.
Espero que este día sea mejor. Al menos el agua amaneció menos fría y el jabón no se me ha resbalado de las manos. Café, bendito café que me acompaña y que ha pasado a ser algo así como mi amante. Hoy es sábado. Hay mil cosas que puedo hacer y se me ocurre sólo una: la librería. Llego ahí, tomo un libro y me siento a leerlo. Tengo la esperanza de que llegues, de que me extrañes y vengas aquí. Ya pasaron tres horas; el libro es bueno, el tiempo se me ha pasado de prisa. Creo que ya no vendrás, así que dejo el libro y camino hacia la puerta. ¡Que sorpresa, eres tú la que viene hacia acá! Camino hacia ti sonriendo cuando, de pronto, él toma tu mano y te lleva a él. Mi reacción es seguir caminando, tratando de ocultar mi decepción. Entras y yo me quedo afuera, de pie, pasmado, helado. El verte, el verlos ha sido demasiado. Yo sabía que existía pero no que fuera real. Tengo que huir de aquí, tengo que alejarme. Empiezo a caminar sin volver la vista. Camino y camino hasta llegar a mi auto, me subo y lo enciendo. Siento rabia conmigo, contigo. ¿Por qué habiendo tantas librerías tenías que venir aquí, a ésta? Pago el boleto y salgo del estacionamiento. Tú sales de la librería con él. Me observas sorprendida, con cara de “no puedo hablar”. Me alejo lo más rápido que puedo, no puedo pensar, no quiero idear. Manejé sin saber a dónde me llevaría tanta rabia, di vueltas por las calles sin sentido, llegué a una plaza en donde hay un café. Decidí detenerme, me senté ahí a serenarme; a decidir sin ti lo que sería de nosotros. Pedí un café, levanté la vista y el cielo estaba gris, seco, sin vida...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

QUEDO DE POCA......

Zololkis dijo...

See Please Here