23.5.08

PA' ESTO NO HAY VACUNA...


Revisando mis archivos viejos, me topé con esto que escribí hace ya algún tiempo. Una historia con miles de protagonistas y nombres distintos.


LOS MALES CRÓNICOS

Carlos Román Cárdenas


Esto es para María Josefina Barrera Solís; así, con todas sus letras.


Híjole chiquitita, ‘ora si no te la vas a acabar… vas a ver la chinga que te voy a acomodar… ya te quiero ver… delirando y babeando de placer… ¡say my name, bitch!... ¡aijuesu!… ‘ora si me la bañé, me puse muy internacional… ha de ser la emoción… ya no has de tardar… he estudiado mis movimientos y ya tengo todo controlado… pero no te confundas eh, ésa vez que tiré las cosas en el WALMART no fue por los nervios; todo mundo sabe que los pinches pasillos están bien angostos y que muy a huevo caben cinco carritos a lo ancho… aún así, te aseguro que no me vuelve a pasar.
Todavía me acuerdo cuando estábamos en la secu; cómo me ponía cada vez que te veía… todo pendejo… y ni mencionar el día que quise declararte mi amor… ¡que bárbaro! Fue todo un “freak show”, lo más triste es que yo era el protagonista… nos quedamos solos en el salón, según yo pa’ tener mas privacidad… a los dos minutos ya estaban las ventanas colmadas de curiosos; de haber sabido, hubiera cobrado por el espectáculo… total, a la mera hora no supe que decir y salí con una pendejada, pa’ variar… y lo peor es que me siguió pasando… pasaban los años y cada que nos encontrábamos, yo volvía a comportarme como un estúpido… se me aceleraba el corazón, tartamudeaba y decía cosas sin sentido, sin chiste… y tu nomás te me quedabas viendo… con una mezcla de asombro y compasión… al final, terminabas por irte de nuevo y yo me quedaba otra vez enamoradísimo de ti… todo el camino de vuelta a la casa lo hacía en silencio, pensando… miraba por la ventana y hasta un pinche perro roñoso hacía que te recordara… llegaba a mi casa y repasaba todos los momentos, las palabras mal dichas, los torpes movimientos, todo… luego reflexionaba y me preguntaba el cómo era posible que te amara de ésa manera tan irracional, si ni siquiera te conocía bien... pero todo eso era antes mamacita… ahora ya lo superé y nomás quiero tener tu “puerquecito” pa’ sacarme ésa espina que traigo clavada… eso si… si estas gorda y mantecosa, te saludo cortésmente, nos tomamos un cafecito y emprendo la graciosa huída.
Y pensar que supe de ti de pura chiripa… pinche Marissa, ¿Quién iba a pensar que después de tantos años me iba a llamar? Pa’ acabarla, me dijo que era tu comadre… nunca lo hubiera hecho, me contó de tu divorcio y pa’ cuando acordé, ya tenía tu teléfono en mis manos… y no creas que te llamé luego, luego… no señor, esperé a que pasaran unos minutos… digo, tampoco creas que estaba muy ansioso por verte…

Soy un animal… que digo un animal, soy un perfecto imbécil… es más, si buscan en el diccionario la definición de imbécil, verán una foto mía junto a la definición… no lo puedo creer, lo volví a hacer… y yo que estaba tan seguro de mi, que hasta miradas cachondas le lanzaba a la mesera… definitivamente esto no estaba en el guión… nunca pensé que seguirías siendo perfecta… toda tu… tus rizos, tu sonrisa… tampoco pensé que al mirarte mi corazón se querría salir, como tantas otras veces… lo peor de todo, es que eso no fue lo más grave… todavía me quedaron fuerzas para tirarme el café y caerme de la silla… y otra vez tu te quedaste sentada, con ésa misma mirada asombrada y compasiva… sólo que esta vez no te fuiste… por el contrario, sonreíste y esperaste a que yo recuperara lo poco que me quedaba de dignidad… y yo que después de haber cometido toda ésa serie de estupideces todavía te espeté: “vamos a coger, ¿no?”
Soy un animal… definitivamente…

20 AÑOS ANTES…
Era el primer día de clases en la Secundaria Múgica. Hacía calor y los nuevos alumnos corrían de un lado a otro desconcertados, buscando su salón. Se respiraba un buen ambiente; nuevo, cambiante. Pasaron algunos minutos y cada quien se acomodó en su lugar. Era el principio de algo desconocido y fascinante.
En el fondo del salón, platicabas animadamente con tu amigo del alma. Y de pronto, entró ella… a cámara lenta y con sus rizos a contra luz. Entonces, todo cambió de color y tu vida se llenó de luz.




19.5.08

TANTITA SANGRE...



UNA NOCHE
Carlos Román Cárdenas

Ésa noche Cinthya y Raúl cenaron en silencio. Ya no era novedad para ninguno de los dos. Desde hace ya casi dos años que no se hablaban, y cuando lo hacían, siempre terminaban en pleito. Tampoco hacían el amor. Raul sólo cogía y Cynthia se limitaba a la idea de quedar embarazada, para de ésa forma poder mandarlo a la chingada. “Si tuviera un hijo, no me sentiría tan sola”, pensaba; mientras Raúl, en un estado meramente cachonderil, se afanaba sólo en su placer minutero. Ella solía gemir y gritar como poseída, pero a últimas fechas hasta le daba flojera fingir un orgasmo. Pero volvamos a la cena. La cocina era todo silencio. En la televisión, los personajes de La Parodia se burlaban de ellos y de su penosa situación. Al menos, así lo sentía Raúl. Ella levantó los platos y caminó hacia el fregadero. Sólo tenía veinticinco años. Él miró las nalgas todavía firmes de su esposa y sintió como su calentura reprimida se concentraba en su miembro; sólo le bastó recordar lo insípido de su relación para matar su efímera erección. Había cumplido treinta y cuatro años ése invierno.
Afuera hacía frío. Algo los observaba por la ventana.

Nunca he tenido conciencia. Bueno, a lo mejor si la tuve, pero si fue así, ya no me acuerdo. Al menos ya no me acordaba. He vivido tanto, que ya no se distinguir entre el bien y el mal. Ni en héroes o villanos; realidad o fantasía. Disculpen si de repente invento algunos detalles, no lo hago con la más mínima intención de engañar. Lo que pasa es que a falta de recuerdos, uno puede tomarse la libertad de llenar esos huecos de la manera que mejor le plazca. Les prometo mantenerme lo más apegado a la realidad.
Para empezar, si algo he aprendido durante todos estos años, es que el ser humano no es tan especial como se dice. A final de cuentas, todos terminan cayendo en algún estereotipo, encajando en alguno de los 10,000 moldes que existen, cuando mucho, del sobre valorado perfil del hombre. Nacidos y criados dentro de sociedades limitadas, nada diferente a lo que ha sido siempre. Sin divinidad. Creados a imagen y semejanza de miles de dioses distintos; y todo para terminar siendo una vulgar partícula en el universo, parte del montón. Perdón si me he desviado un poco de mi relato. Dejaré mi optimismo desbordante a un lado y trataré de concentrarme. Así empiezo…
Todavía recuerdo con cierta nostalgia los sacrificios humanos de las pobres doncellas vírgenes. Sus rostros desfigurados por el terror, la mierda que corría por entre sus piernas y los borbotones de sangre que salían de sus pechos abiertos. Debo confesar que la sangre nunca me impresionó. Todo lo contrario me pasaba al ver los corazones aún latiendo fuera de los cuerpos convulsos. Al principio, me desmayé como unas tres veces. En ése entonces tendría unos ocho años. Mi padre era sacerdote, y yo como su hijo, tenía que ir aprendiendo el oficio. Un día, mi papá me dio a probar un trocito de carne humana. Me gustó su sabor. Sabía como a guajolote. Eso me marcó para siempre.
Recuerdo que en aquél entonces yo era un niño feliz. Malcriado, pero feliz. Crecí rodeado de los privilegios propios de la clase alta. De los que mandaban. Si, debo confesarlo, fui lo que ustedes conocen ahora como un júnior. Un júnior prehispánico con pulseras de oro macizo, los Rolex de la época, para que me entiendan. Con la pequeña diferencia que en aquellos años uno disponía de la vida de los que se consideraban inferiores. Pensándolo bien, no muy distinto a lo que hoy vivimos.
Y un día la conocí. Fue durante unos juegos, poquito después de unas guerras floridas. Mis amigos y yo paseábamos nuestra opulencia por entre la masa y de repente, la vi. Tendría unos dieciséis años. Era la mujer más hermosa que yo había visto. Bajo su manta pude adivinar lo perfecto de su delgado cuerpo. Y ése olor tan exquisito. Dulce, fuerte, embriagador. Fue amor instantáneo. Su aya se percató de mi interés y se la llevó de ahí. El cortejo duró poco. Sus padres estaban encantados con la idea de que su hija se casara con el joven y pudiente aprendiz de sacerdote, e hijo del gran Cuauhtzin, el más venerado y respetado de los sacerdotes del imperio.
A los tres meses, después de la primera negativa obligatoria, por fin me concedieron en matrimonio a mi amada Metztli. Así, después de mucho ajetreo, por fin se celebró la ceremonia. Estuvo llena de colorido, asistieron los personajes más importantes, incluso, el emperador en persona. Lo difícil fue el ayuno de cuatro días, sobre todo el carnal. Después de eso, todo fue felicidad. Nos amamos de todas las formas conocidas e inventamos más. Ella era un sueño. Dos años después llegaría otra bendición, ésta vez con el nacimiento de nuestro hijo. Lo llamamos Ceyaotl. No lo puedo negar, hasta ése entonces tuve una buena vida.
A los treinta años yo ya era un sacerdote respetado, y ahora era mi pequeño hijo el que venía a verme al trabajo. No batallé mucho en agarrarle gusto a los sacrificios. Me gustaba todo: el protocolo, la vestimenta, la ceremonia, la sangre. De vez en cuando, guardaba algo de carne para comerla después. Lo voraz y el gusto por matar, lo traigo desde entonces. Para mí, siempre fue normal. Para todos nosotros era normal. Lo hacíamos por amor, nos movía la fe. Nosotros si creíamos. En cada sacrificio iba puesta la esperanza de todo un pueblo, de su bienestar. Y los dioses nos correspondían. Nos amaban… luego nos abandonaron… se hartaron de nuestras peticiones, de nuestros excesos. No nos amaron más. Dejaron que llegara lo que la historia se ha empeñado en nombrar como conquista. Nunca lo fue. Fue más bien una masacre. Ahí perdí todo. Y ahí mismo empecé a convertirme en lo que ahora soy. Algo que en parte, ya era…

Raúl era un buen hombre. Desde el día de su boda, trabajaba en la empresa que dirigía su suegra. Por eso nunca había sido infiel. Por no traicionar la confianza de la doña, más que la de su mujer. Todos los sábados jugaba fútbol y era el líder goleador de la liga municipal. Luego del partido, llegaba a casa y se chutaba todos los encuentros de la jornada sabatina. El domingo hacía lo mismo, mientras que Cynthia se iba de compras con sus hermanas o amigas. Al mediodía, siempre pedía una pizza con los mismos ingredientes: pepperoni y champiñones. También pedía una coca de dos litros. A veces variaba los ingredientes, y ésos días sentía que su rutina era distinta. Que él era distinto. Que era mejor. Ya por la tarde, iba al closet y hurgaba dentro de una vieja maleta hasta encontrar una vieja caja de zapatos. Dentro, se hallaba su colección de casquitos de los equipos de la NFL. Los sacaba, los limpiaba y los ordenaba mientras recordaba su niñez, allá en Sinaloa. Ya oscureciendo, llegaba Cynthia cargada de bolsas y paquetes. Él la escuchaba hablar sobre las ofertas y descuentos que había encontrado, mirando fijamente la televisión. Era curioso confundir las voces de José Ramón Fernández y la de su esposa, pensaba. Reía sin que Cynthia supiera de qué. Ella terminaba por desesperarse. Luego, volvía el silencio. De aquí en adelante todo sería como lo ha sido durante ya casi dos años; y como no tiene caso narrar la misma rutina de siempre, mejor nos adelantamos unas horas.
Cynthia dormía plácidamente abrazada a la almohada rechoncha que desde hace mucho tiempo ocupaba el lugar de Raúl. Éste se masturbaba en el baño recordando algunas escenas de las dizque películas porno del Golden Choice. Terminó como cuando se cogía a Cynthia, en cinco minutos. –“A estas alturas es más placentero hacerse una puñeta que cogerse a un cadáver…”-, pensaba.
Apenas iba saliendo del baño, cuando escuchó un ruido en el patio trasero. Se asomó por la ventana, pero la oscuridad sólo le hacia imaginar sombras y bultos. Trató de acostumbrar su mirada a la penumbra y alcanzó a distinguir el destello de una mirada amarillenta. Un gruñido lo hizo estremecer. Retrocedió asustado hasta que sus piernas tocaron el borde de la cama, sintió un sobresalto. Miró a su mujer dormida, trató de hacer ruido para que se despertara pero ella ni se movió. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando el gruñido se transformó en una voz cavernosa que lo llamaba: “Raúl….”

Llevaba horas corriendo y todavía podía ver el resplandor de mi querida ciudad en llamas. Habían matado a toda mi familia. Sólo pude rescatar a mi pobre y anciano padre. Pesaba tanto… desde hace algunos años ya no caminaba y tuve que llevármelo en el espinazo. La verdad ni se por qué me lo llevé. Ya era un anciano y lo mas seguro era que nuestros enemigos se apiadaran de él. Pero no pude dejarlo. Al ver su mirada asustada de perder lo que le quedaba de dignidad, decidí cargarlo. Quizá hubiera sido mejor haber usado mi cuchillo. En eso y en otras muchas cosas iba pensando mientras avanzaba hacia un bosque que se hacía cada vez más espeso. Pesaba tanto… seguí corriendo hasta que todo se puso negro, muy negro. No podía ver nada. Mi padre ya venía dormido. Se despertó en el momento que lo puse sobre la hierba. Se veía mal. Yo traté de animarlo contándole que pronto llegaríamos a otro pueblo y que ahí, seríamos recibidos como unos verdaderos héroes. Él no me creyó. Sonrió piadosamente y me pidió que me acercara. Yo lo obedecí y el me abrazó con una ternura que nunca antes le había conocido. Mis ojos se llenaron de agua y por un momento volví a sentirme niño. Mi padre me acarició el cabello y secó mis lágrimas. Hubiera sido bueno morir ahí, en ése momento. Con mi papá. Pero él tenía otros planes para mí. Endureció el rostro y volvió a ser aquél orgulloso sacerdote. Sacó de su morral unos hongos e hizo que me los comiera. Sabían a sangre. Rezó con un fervor que no le conocía. Su voz se fue haciendo cada vez más tenue… dejé de escucharle.
Desperté ya de madrugada. Busqué a mi padre y lo cargué. Ni siquiera se movió. Estaba frío y rígido. No me importo. Corrí por varias horas más. Ya no pesaba tanto…

Era la 1:43 de la mañana. Raúl no podía conciliar el sueño. El miedo le había entumido los músculos del cuerpo y muy apenas había podido acostarse. Pensó en despertar a Cynthia, pero los pocos güevos que le quedaban se lo impidieron. Cerró los ojos, se tapó hasta la cabeza y trató de pensar en otras cosas: -“el América… ¿a quien irá a contratar el América?...”-.
Cynthia dormía, soñaba y lloraba al mismo tiempo. Ésa misma tarde había hecho un balance de su vida y los resultados estaban en números rojos. No, en rojos no, en números color guinda. Sentada en una silla del comedor, miraba fijamente el resultado de su prueba de embarazo. -“Que estúpida… ¿por qué no me cuidé?, ¿por qué no me cuidé?...”-.
Unos días atrás, todo en ella era ilusión y por fin había podido ver una luz de esperanza entre tanta negrura. Desde hace tres meses y dos días lo había conocido. Desde hacía tres meses y dos días por fin lo había encontrado. Sucedió en el lugar más improbable e impersonal del planeta: en una sala de Chat. Eso que empezó casi como un juego, terminó en algo totalmente desproporcionado. Al principio, ella misma dudaba de que tan verdadero era el sentimiento que sentía nacer; quizá sólo era la calentura de saber que alguien más se interesaba en ella. Muy pronto él le dio certidumbre. Sus amigas se burlaban de lo absurdo de la situación. Tiempo después, cuando Cynthia recuperó el brillo en su mirada, dejaron de reír. Solamente los separaban unos cientos de kilómetros, nada que no se pudiera solucionar. Todo pintaba de maravilla. Al menos eso cree la gente cuando lo que llaman amor, les nubla la razón.
Lloraba desconsolada. No podía creer lo de su embarazo. –“No puede ser… ¿por qué ahora?.. Justo en éste momento… ¡estúpida!... ¿por qué no me cuidé?... ahora si, todo terminó…”-. En ése momento toda esperanza de ser feliz se le fue de golpe. Era tan real la pérdida que hasta pudo verla salir por la ventana. Mírala bien, mi niña… ahí va tu felicidad… y nunca va a regresar.

La primera vez fue muy rara. No me malentiendan, no quiero decir que haya sido desagradable; debo reconocer que siempre hay algo de placer en los baños de sangre. Más bien fue especial. Si, ésa es la palabra. Especial…
Desperté y estaba completamente desnudo, solamente me vestía el pectoral que usaba en las ceremonias. Me sentía mareado. A mi alrededor sólo había algunos restos humanos y sangre por todos lados. Yo mismo estaba empapado. Me levanté despacio tratando de no hacer ruido y me asomé por entre los matorrales para ver si no había nadie cerca. Los zopilotes ya rondaban sobre la escena, así que salí corriendo temiendo que su presencia me delatara. Llegué a un arroyo y me bañé. A unos cincuenta metros una señora lavaba ropa. Me acerqué tímidamente y ni siquiera tuve que decir nada, ella gentilmente me extendió un taparrabos, le sonreí y me largué apenado. No sabía a dónde ir. Iba caminando sin rumbo, tratando de recordar lo que había pasado la noche anterior. Tomé una vereda que debía conducir hacia algún lado; al cabo de unas horas llegué a un poblado pequeño. Entré en una de las chozas donde había algunas mujeres cocinando y las pobres, al ver mi pectoral lleno de oro y joyas, se asustaron. Una de ellas salió corriendo y yo me quedé ahí, viendo las caras de todas ésas mujeres que me veían extrañadas. Me dio mucha pena. Yo apenas andaba vestido con un taparrabos. No es que yo fuera muy penoso, pero el hecho de tener a unas ocho mujeres de distintas edades mirándolo a uno fijamente, intimida hasta al más desvergonzado. Estaba a punto de irme cuando llegó el jefe de la aldea. Me saludó efusivamente y me pidió que ofreciera una ceremonia de sacrificio para suplicar a los dioses por que los invasores nunca llegaran ahí. A cambio me darían comida, ropa y hospedaje por algún tiempo. Ni quise persuadirlos alegando la falta de lugares sagrados en donde practicar los sacrificios. Tampoco les dije que de nada serviría hacerlos. Ellos llegarían tarde o temprano.
La elegida fue la hija menor del viejo brujo. La habían elegido en parte, con el afán de castigar la ineptitud de su padre. Era una niña de unos once años. No era bonita, pero el miedo en su rostro le daba una belleza muy particular. Yo me vestí para la ocasión con una combinación de ropas de varios tipos y me pinté la cara con descuido. Era la caricatura perfecta de mi padre. Apenas podía soportar la escena. La música desafinada tocaba mientras una patética procesión de gente odiosamente esperanzada, caminaba torpemente hacia el improvisado altar. Tomé de la mano a la niña y la recosté sobre la piedra. La miré a los ojos y le dije que no tuviera miedo, que ella iba a un lugar mejor. ¿A un lugar mejor? No sabía ni lo que estaba diciendo. Mis palabras la calmaron un poco. Cerró los ojos. Por un momento contemplé los pezones de sus nacientes senos. Sentí lástima de que nadie los fuera a ver jamás. De que nunca nadie los fuera a mordisquear. Recordé a mi mujer y a mi hijo. Ni siquiera había podido llorarlos. El cuchillo no era lo suficientemente filoso, sin embargo, yo asesté un golpe con la fuerza que se le da a los buenos cuchillos. Grave error. Sentí como la obsidiana se quebró dentro de la niña. Ella lanzó un grito espantoso que acabó con la música y con el ánimo de los asistentes. Yo no sabía que hacer. Ya no tenía cuchillo y el pecho a medio abrir apenas si dejaba ver los interiores de la pobre niña. Tenía que acabar con el trabajo. Hundí los dedos en la herida y tiré con fuerza, un pedazo de carne saltó y metí la otra mano, el cuerpo tembloroso no me dejaba llegar al corazón. La agarré con fuerza del cabello y la azoté varias veces contra la piedra hasta que perdió el conocimiento. Las lágrimas no me dejaban ver, los mocos entraban por mi garganta (no lloraba por la niña, claro… lloraba por mí). Saqué el corazón aún latiendo y la gente rompió en un grito ensordecedor. Sintieron que la sangre derramada les garantizaría su bienestar. Yo creo que fue lo impresionante del espectáculo. Por cierto… la niña no se cagó.
Yo estaba decidido a sobrevivir. Estaba dispuesto a lo que fuera. Sentía hambre por la vida; voracidad, para decirlo mejor. Ése día no sólo maté a la pobre hija del brujo. Ése día también maté los recuerdos de mi vida anterior. En parte, ése día me maté a mi mismo.

Ya eran las 2:12 de la mañana. Cynthia seguía profundamente dormida, ahogándose en lágrimas fuera y dentro de sus sueños. Raúl seguía sin poder dormir. La idea de pensar en otras cosas no le había servido y aunque el aire del abanico era fresco, él seguía sudando como marrano en rastro municipal. La voz del patio lo mantenía muriéndose de miedo. De pronto, se levantó de golpe. No recordaba si había cerrado con llave la puerta de la cocina. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. El terror ya le hacía imaginar figuras en la oscuridad y ruidos en su cabeza. Tosió muy fuerte para despertarla , pero ella ni lo peló; la pobre seguía inundada en sus sueños. Él pensaba en bajar pero su cuerpo no le respondía, seguía paralizado por el miedo. –“Raúl…”- la voz le llamaba. Recordó cuando era niño y se imaginaba que monstruos habitaban bajo su cama. Entonces, venía su mamá y le demostraba que no había nada, lo besaba en la frente y lo arropaba. Cómo deseaba ver a su madre entrar por la puerta para encender la luz. –“Raúl… vengo por ti…..”-. Esta vez la voz se escuchó mas cerca. Luego, una leve risa burlona. A Raúl se le doblaron las piernas y cayó pesadamente en la alfombra. El corazón se le quería salir del pecho, batallaba para pasar saliva y su respiración era entrecortada. Gateó hasta la puerta, el pulso le temblaba. Alcanzó a escuchar el rechinido de la puerta de la cocina. Un chorrito de orines pintó su pijama. Sintió vergüenza. Volteó hacia la cama y apenas distinguió la figura de su mujer cubierta de colchas. Lentamente tomó la chapa y la giró muy despacio…

En la aldea comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Gente comenzó a desaparecer y los pobladores le echaban la culpa al brujo. Un día decidieron lincharlo. Todavía recuerdo el sonido de su piel al desprenderse de su cuerpo. Murió dos días después. Aún así, las desapariciones no cesaron. Solían encontrar restos humanos a medio devorar por los alrededores. Yo comencé a engordar.
Pasaron algunas semanas y decidí irme. Ya no quedaba nadie en el pueblo. Caminé por una vereda estrecha, que conducía a otro camino mas ancho que iba a dar a la otrora orgullosa ciudad. Todavía estaba muy lejos pero el aroma a muerte ya se distinguía en el aire. Hasta los pocos animales que pude observar, tenían la mirada triste; como si estuvieran conscientes del exterminio de todo un pueblo. Intencionalmente me expuse a las patrullas de los invasores y no tardó mucho tiempo para que me encontraran y me arrestaran. Me golpearon con el mango de una espada y me amarraron a uno de sus caballos. Yo supliqué piedad y ellos rieron divertidos al ver a un pobre cobarde como yo. Caminamos hasta la ciudad, yo cerré los ojos para no verla destruida. Ya frente a los invasores, me solté llorando como un niño asustado. Parece que eso los divertía, porque no me hicieron nada; al contrario, me llevaron hasta su jefe para que me interrogara. Era muy joven y apestaba. Una mujer de mi gente tradujo todo lo que le dije y el español me perdonó la vida. A cambio, juré lealtad a su Rey y adopté su religión. Traicioné a muchos de mis amigos y los españoles me trataban casi como a su mascota. Jugaban conmigo y yo les seguí el juego durante muchos años. Ni cuenta se daban que de vez en cuando desparecía misteriosamente uno que otro soldado. No era raro, ya que todavía andaban por ahí algunos guerreros sueltos. Yo seguía practicando ceremonias a escondidas y me daba gusto destazando carne blanca. A los ojos españoles, siempre fui un arrastrado y servil. Hacía todo lo que me pedían. Unos se fueron y otros más llegaron; aún así la situación seguía siendo la misma. Para ellos, nosotros seguíamos siendo unos esclavos y nuestras mujeres, unas putas sin valor alguno. Hasta consideraron llevarme a su país, pero yo me rehusé alegando que aquí les era más útil. Pasaron muchos años, muchos españoles por mi tierra y yo no envejecía. Los pocos que se dieron cuenta, no vivieron para contarlo; los demás ni me volteaban a ver. Yo era como un mueble, como un perro. Algo insignificante. Mejor para mí.
Allá a principios del siglo XIX, un grupo de inconformes inició un movimiento armado. Al principio no me importó, pero al ver que llevaban las de ganar, me uní a ellos. Fui un insurgente. Luché al lado de un sacerdote y hasta le llegué a apreciar. Debo confesar que ni siquiera estaba muy enterado del fin que perseguían, no me importaba. Simplemente quería pertenecer al bando vencedor. Al consumarse la independencia, yo ya no formaba parte del movimiento. Me había aburrido. Yo creo que por eso no salgo en los libros de texto. Después, me dediqué a viajar. Recorrí todo el mundo, conocí muchas civilizaciones, amé mujeres de todas las razas, bebí de todos los vinos y probé manjares que nunca imaginé que existieran. Es curioso como la carne humana cambia de sabor dependiendo de la alimentación, raza, etc. Por ejemplo: los asiáticos tienen un sabor medio dulzón, mientras que los negros saben un poco más fuerte.
Luego regresé. Fui testigo de muchas cosas. Nuestra gente se seguía matando por cuestiones y causas diversas y de ésa manera vi como se fue moldeando el perfil del mexicano. Yo no me sentía como tal. Yo no formaba parte de ése país nacido del fuego y la sangre de sus propios hijos. Mi verdadera patria había desaparecido hace mucho, y no tenía intención de adoptar una nueva. No sé ni por qué regresaba. Quizá porque en el fondo, sabía que nosotros no habíamos sido mejores.
A principios del siglo XX, se desató una nueva guerra. Hastiado, me fui hacia los Estados Unidos. Aprendí inglés y aprovechando mi apariencia exótica, me hice pasar por comerciante hindú, traficante árabe, y sin problemas me rocé con lo mejor de la sociedad norteamericana. Los gringos son muy especiales. Creen saberlo todo pero créanme que son inmensamente ignorantes. Basta con adularlos para que inmediatamente te abran las puertas de su casa. Ellos también se la pasan de guerra en guerra, con la diferencia que ellos pelean contra todo el mundo. Pero allá no hay héroes. Todo es un negocio. Hasta la guerra, a donde mandan a los pobres a pelear por las causas de los ricos. Llegué a despreciarlos tanto. Una noche me comí a toda una familia texana, no sin antes apropiarme de todas sus posesiones, pozos petroleros incluidos. Cómo me divertí.
Pronto me di cuenta que el mundo iba muy rápido. Yo me sentía cada vez más fuera de lugar. Fue entonces que decidí regresar. Ya era la década de los sesentas. Como no hallaba que hacer, me puse a estudiar. Terminé la carrera de abogado, contador, doctor. La profesión de médico era la que más disfrutaba. Me daba la oportunidad de seguir practicando mis sacrificios de una manera mas pulcra y sin tanto salpicadero. Además de mis varios títulos profesionales, cuento también con varias maestrías y diplomados. Por cierto, hablo todos los idiomas conocidos. No es que me las dé de muy inteligente pero créanme que cuando uno es así, cuenta con mucho tiempo.
Por las noches frecuentaba los bares y cabarets de la ciudad. En ellos bailé cha-cha-chá, danzón, twist, etc. Me enamoré mil veces con las canciones de Lara y lloré otras tantas con las de José Alfredo. Ahí mismo en esos lugares, conocí a muchas de mis víctimas. De todos los tipos: señoras de sociedad buscando aventuras o simples muchachas de provincia tratando de integrarse a la modernidad; gordas, flacas, bonitas, feas. De todo. Era tanta mi sed de sangre en ésas épocas que no reparaba en formas ni clases. Me di gusto matando a destajo, como si se tratara de cumplir con una manda. Lo hacía con desparpajo, quizá con el deseo oculto de que me descubrieran, pero era tan grande la mediocridad de los cuerpos policiales que ni siquiera investigaban mis matanzas en un orden específico. Surgieron miles de teorías y ninguna acertaba a dar con la verdad. Desesperados, terminaron echándole la culpa a un don nadie. El elegido fue un indigente desarrapado que solía dormir a las afueras de la Basílica. Luego escuché que en la cárcel lo violaron hasta matarlo. Pobre idiota.
Yo me calmé un poco. Hasta ése entonces, nunca había tenido real conciencia sobre el arte de matar. Pero justo en ése momento, contemplando la sangre de una de mis víctimas escurriendo entre mis manos, llegó la luz. Analizando con calma la situación, llegué a la conclusión de que realmente era bueno para ello. Después de mucho pensarlo, decidí cambiar de aires. Me dirigí a un lugar en donde la vida vale muy poco, en donde más y mejor se mata, y en donde además te pagan por hacerlo: la frontera.

2:50 de la mañana. Raúl abrió muy despacio la puerta. Apenas unos centímetros. Su respiración era cada vez más agitada, una gota de sudor le cayó en el ojo. El ardor le hizo cerrarlo, pero el temor de perder la poca visión que le quedaba le hizo mantenerlo abierto, no obstante el inmenso dolor. Trató de distinguir algo a través de la pequeña rendija, trató de concentrarse en escuchar. Una leve respiración, casi como un bufido se oía dentro de la casa. –“Raúl… vengo por ti… ya estoy aquí…”-. En ése momento recordó aquella llamada a la que no le dio demasiada importancia. Hace días alguien lo había llamado y con ésa misma voz gutural le había recitado exactamente las mismas palabras. Entonces creyó que eran las pendejadas de alguno de sus amigos. Ahora todo cobraba sentido. Sus ojos se dilataron, el vómito llenó su garganta, tuvo que tragárselo. Al escucharlo, Cynthia se enderezó medio dormida y extrañada de ver a su marido en el suelo, preguntó: -“¿Qué estas haciendo?”- encendió la lámpara del buró. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. La luz hizo que Raúl diera un brinco, estaba aterrado. No atinó a articular palabra, pero a señas le indicó a Cynthia que apagara la luz y guardara silencio. Ella no hizo caso, se levantó de la cama y se hincó a su lado. Molesto de que su mujer notara su desagradable olor y su terror desmedido, trató de alejarla. Sintieron que algo subía por las escaleras. Las pisadas eran fuertes y pausadas. La respiración mezclada con gruñidos se escuchaba cada vez más cerca. Ella lo miró sin entender que era lo que pasaba. Él la miró con una mezcla de súplica y vergüenza, una lágrima resbaló por su mejilla. De pronto, las pisadas y el bufido cesaron. Los dos sabían que aquello que había subido por las escaleras, se encontraba justo detrás de la puerta; hasta podían percibir la peste a tierra mojada. Él comenzó a llorar, ella lo abrazó. Una risa se escuchó del otro lado de la puerta. Muy cerca.

Llegué a la ciudad de Reynosa, allá por los ochentas. Era invierno y hacía mucho frío. No me costó mucho trabajo acoplarme al tren de vida de la gente fronteriza. Me agradaba la amabilidad y la sinceridad con la que me trataban. Para ése entonces yo ya no necesitaba de riquezas ni mucho menos. Era dueño de una compañía petrolera, además poseía varias propiedades dentro y fuera del país. Llegando compré una casa modesta. Tenía un gran patio. Hice algunos amigos y pronto conocí la vida nocturna del lugar. Era muy especial, muy diferente a lo que había visto. Ahí la gente parrandeaba como si se lamentara, como si parte de su vida les fuera en ello. Me gustaba. Al cabo de algunos años hasta adopté el acento norteño y cuando me preguntaban de dónde era, contestaba que yo había nacido ahí, en ésa tierra. Me gustaba tanto su gente, que no maté lugareños; me concentré en matar gringos y a los pobres “mojados” que regresaban del otro lado.
Aburrido, carente de acción y de un plan específico, decidí plantarme en la casa de uno de los jefes del narco. Toqué a la puerta y un tipo mal encarado, de sombreo y botas picudas, me dijo que me largara de ahí. Sin decir nada, me lancé sobre el y lo golpeé hasta casi matarlo. Salieron otros tipos y me amagaron. También salió el patrón. Al ver el sangriento espectáculo se sorprendió y me pregunto el por qué había golpeado a su guarura. No le di ninguna explicación. Sólo le pedí que me diera la oportunidad de servirle, le dije que yo estaba dispuesto a ser su matón y que el primer “trabajito” sería de cortesía. Él se quedó mirándome y después de un rato, soltó una carcajada. Me pidió que lo siguiera a su oficina privada. Ahí me entregó unas fotos de un policía, ésa sería mi primera asignación. Me despedí y volví mas tarde con la cabeza del infeliz dentro de un cartón de cerveza. Desde entonces me convertí en el matón principal de uno de los capos más influyentes de la región. Como condición sólo pedí que me dejaran usar mis propios métodos, entre ellos, quedarme con el cadáver. Disfrutaba tanto mi trabajo que a veces hasta se me olvidaba cobrar la recompensa. Yo era rico y el trabajo lo hacía solo por diversión. Perfeccioné tanto la forma de matar. Estaba feliz. Al fin había encontrado mi verdadera vocación. Desgraciadamente el gusto me duró muy poco. Llegó la década de los noventas y para ése entonces mi patrón ya había sido asesinado. Seguí matando sólo por placer pero conforme pasó el tiempo, hasta eso me aburrió.
Recibí el nuevo milenio rodeado de mujeres y completamente borracho. Al siguiente día me sentí miserable. No hallaba que hacer con mi vida. Ya estaba cansado. Salí a buscar más vino. Iba pensando que comprar, cuando un aparador de una tienda de electrónicos capturó mi atención. Un niño jugaba en una computadora y parecía divertirse mucho. Entré y compré la más cara. Contraté los servicios de un maestro para que me diera clases y pronto me convertí en un experto de la informática. Ya antes había tenido un acercamiento a las computadoras, pero los nuevos aparatos eran realmente sorprendentes; y eso que nunca fui un entusiasta de la tecnología, debo confesar. Luego llegó el Internet. Me convertí en un adicto a las salas de Chat y a “navegar”. Conocí muchas cosas, me fascinaba entrar a las páginas de juegos y me pasaba horas leyendo información de todo tipo. Hasta dejé de matar. Sólo lo hacía para alimentarme, pero hasta sentía que eso me quitaba tiempo.
Luego, un día ocurrió. Pasó casi sin darme cuenta. La conocí en una sala de Chat en donde se intercambiaba música. Al principio no le puse mucha atención, pero no sé, algo en ella me atraía enormemente. Debo confesar que desde que murió mi señora allá en la época de la conquista, nunca me fijé de nuevo en otra mujer. Tuve varias amantes pero la verdad, sólo las usaba para satisfacer mis más básicas necesidades. A todas terminé por devorarlas. Pero con ella fue distinto, era muy raro, no sé. Era como si la conociera de toda la vida; nos pasábamos horas conversando. Con ella me sentía libre, me hacia sentir, ¿cómo lo digo?... me da un poco de pena... querido, ésa es la palabra. Me contó que era casada, no me importó. No me importaba nada, mas que ella. Por primera vez, sentí vergüenza de lo que era, de todo lo que había hecho. Me sentí indigno; prometí que nunca más iba a matar y cumplí. Y cuando ella muriera, yo moriría también, ¿qué caso tenía seguir?, ya había vivido mucho; mucho más de lo que puede soñar un simple mortal. Todo fue tan rápido. Nos enamoramos. Ya sé lo que están pensando… pero, ¿Qué saben los psicólogos del amor?, en esto no hay reglas señores… sólo pasa y ya.
No era feliz en su matrimonio. Acordamos que hablaría con su esposo y le pediría el divorcio. Yo prepararía todo para ir a Guadalajara por ella y nos iríamos lejos, muy lejos.
Cynthia… mi Cynthia… mi amor.
3:13 de la mañana. Ellos seguían abrazados. Era una mezcla de sentimientos. Ella recordaba las palabras de su madre, los sermones, que si se debe hacer todo lo posible por preservar un matrimonio, que si las cosas no son fáciles, que si hay que luchar, que el buenazo de Raúl realmente la amaba y que era su obligación poner algo de su parte. La vieja sabía bien como chantajear; quizá quería verla feliz. Luego vino a su mente el recuerdo de aquél que conoció en una simple sala de Chat y se recargó a llorar la pérdida de su futuro en el hombro de su asustado esposo. Él trataba de tranquilizarla creyendo que el llanto de su esposa era por miedo. No, era algo más terrible que el miedo. Era la seguridad de saber que nunca más podría ser feliz. Vino un largo silencio. Los gruñidos subieron de intensidad. La respiración se hizo más agitada, ellos retrocedieron asustados. Un fuerte golpe, y la puerta cedió sin oponer resistencia. Ahí estaba la bestia. Era parecida a un perro… negro… húmedo… hediondo… ojos amarillentos con destellos rojos… dientes filosos… avanzaba poco a poco… lentamente… Cynthia corrió a esconderse detrás de la cama y Raúl no pudo ni moverse… la bestia lanzó un espantoso alarido y saltó sobre él… -“¡No por favor!... estamos esperando un bebé…”-. Gritó ella mientras caía al piso bañada en llanto. La bestia volteó a verla desconcertada, Raúl también…

Que curioso… nunca pensé que me acordaría de aquellas doncellas sacrificadas en el altar de mi padre… pero al ver la mierda chorrear por entre las piernas de Raúl, me fue inevitable… sentí pena por él… uno tiene derecho a morir dignamente, y la verdad, eso distaba mucho de ser una muerte digna… cuando me lancé sobre él, ni siquiera lo toqué… se cayó solo… recuerdo que acerqué mis ojos a los suyos… para que antes de morir sintiera el verdadero terror… siempre me gustó intimidar… abrí mis fauces y escogí el sitio en donde iba a encajar mis dientes… el cuello era perfecto, una muerte rápida y silenciosa.
La escuché gritar… al principio sus palabras no tuvieron mucho sentido, pero aún en mi estado animal alcancé a comprender… sus ojos… eran hermosos… me hice a un lado y me quedé ahí… mirándola… tan hermosa… justo como la había imaginado… sentí la pérdida… dolió mucho… mucho más que las tijeras que su marido me enterró en el pescuezo… apenas si lancé un tímido aullido… caí de lado y ella me miró a los ojos… quiero pensar que supo quien era… lo más seguro es que no haya sido así… me levanté muy apenas, tenía que irme de allí… no podía permitir que ella me viera en ése estado… con la poca fuerza que me quedaba, salté por la ventana y rodé por la teja hasta caer al suelo. Ella se asomó y yo la vi por última vez….
A los pocos días hallaron mi cuerpo en un campo de fútbol cercano. La policía no supo a quien llamar. Se pasaron horas alegando a que especie pertenecía. ¿Perro?, ¿coyote?, ¿lobo?, ¿el chupacabras? No señores oficiales. Un Nahuál, sólo un triste Nahuál.


Fin

16.5.08

He Muerto


He Muerto...
Teté Tovar

Fue inesperado verte, sentado ahí donde siempre, fumando un cigarro y tomando café. Te vi de lejos, mientras intentaba alcanzar el autobús. Al verte, no pude continuar mi camino y decidí pararme ahí, a observar como en silencio dabas un sorbo a tu café y dejabas que tu cigarro se consumiera en el cenicero cual noche comiéndose al día. Había una banca cerca, así que fui a sentarme para seguir mirando como tus pensamientos se iban entre nubes de humo. Cuántas veces te vi así, ensimismado en tus ideas, sosteniendo un monólogo con tus miedos, tu futuro y tu vida.
De pronto volteaste como viéndome, como percatándote de mi presencia. Como niña me escondí un poco tras un árbol; después comprendí que no podrías verme. Hace tiempo que me fui. Hace mucho que te dejé así, entrando en tu mente día a día, intentando buscar una razón. Vuelves a lo tuyo. Das un nuevo sorbo a tu café y una bocanada a tu cigarro. Hace tiempo que no te veía fumar. Creí que lo habías dejado por salud; quizá volviste a él en cuanto me fui. Como me gustaría acercarme, como quisiera llegar por tu espalda y abrazarte así, diciéndote que mi día estuvo fenómeno, que yo también quería un café. Te preguntaría porqué estás fumando.
De pronto, me doy cuenta que vuelves a voltear hacía mí. Mueves tu cabeza como buscándome. Esta vez no me escondo, quiero que me veas y te sorprendas al verme ahí después de tanto tiempo, después de tanta lágrima, nostalgia e incomprensiones. Pero nuevamente vuelves a tu café. Esta vez he avanzado un poco. Prácticamente me he sentado en la banca que está cruzando la calle, frente al café en donde, ensimismado en ti, estás sentado. He puesto mi mejor cara. En este tiempo ha cambiado mi aspecto, tal vez no mucho; quizá el cabello un poco más largo. No sé si te guste cuando lo veas. Nunca me has visto así.
He recordado justo ahora, cómo tantas veces compartimos más que un sueño, más que una alegría y más que una tristeza. Como poco a poco nos acostumbramos a estar juntos y como con el tiempo nos acostumbramos a estar lejos. Es ahora cuando quiero entender qué sucedió, ¿discutimos?, no lo sé. Ahora caigo en la cuenta de que no sé porqué tu estás sentado ahí tomando café, sólo pensando Dios sabe qué; y porqué yo estoy aquí, tan cerca, con tanto miedo de acercarme, miedo que no me reconozcas.
Pides más café y enciendes otro cigarrillo. Noto que juegas con algo en tu mano, no alcanzo a distinguir qué es. Decido acercarme, tengo que enfrentarte. Quiero que me digas qué fue lo que pasó. En que momento dejamos de ser uno, lo que fuimos siempre. Camino lentamente, con un temor ahogado en mi corazón; un miedo terrible, incomprensible. Me detengo tras de ti, te llamo por tu nombre, pero no me respondes. Parece que no me has escuchado. Me acerco un poco más, jalo la silla y me siento. No entiendo que pasa; no te mueves, no reaccionas, es como si yo no estuviera ahí.
Tomas tu café y dejas caer algo sobre la mesa; es mi anillo. El anillo con el cual te prometí estar siempre contigo, con el que juré amarte siempre. No entiendo nada. No me miras. Te hablo y no me escuchas. Tomas tus cosas y te levantas. Tus ojos están llenos de lágrimas. Volteas hacia la banca en donde hace un momento estuve sentada y suspiras como suplicando. Me dices que me amas, que me extrañas más que nunca y que sin mi no puedes seguir. Tomo tu rostro en mis manos, pero tu no te das cuenta que estoy ahí. Intento decirte que he vuelto, que todo estará bien; pero tú sigues tu camino murmurando: “ojala en dondequiera que esté, esté mejor”. Juras que seguirás adelante junto a ella, junto a esa niña que dejé aquí. Que por ella no estás conmigo, que sólo ese pedazo de mi tienes, y que es tu tesoro más grande. Que sabes que estoy con ustedes de alguna forma. Todo esto me lo dices sin verme. Viendo al vacío, acariciando mi anillo.
Veo como te alejas. Empiezo a entender por qué no me escuchaste. Los recuerdos empiezan a volver a mí como olas de agua helada. Tú y yo, felices. Un bebé. Lagrimas, tristeza. Todo es triste a mí alrededor. Los veo llorar con gran dolor. Tú con esa niña en brazos, y yo… yo no estoy ahí. ¡Dios! Sé que algo ha pasado, sé que nada está bien. Intento detenerte, pero sigues ignorándome. Las lágrimas siguen corriendo por tus mejillas. Estoy frente a ti, pero no me ves. Te grito desesperadamente; ¡explícame, dime que sucede!, ¿porqué no me miras, porqué no estoy contigo?
De pronto te detienes. Como si algo te impidiera seguir. Volteo y veo venir a una niña. Es hermosa. Viene corriendo hacia nosotros, te grita “papá”. Me sorprendo enormemente. Yo la conozco; al menos creo conocerla. La tomas en tus brazos, la levantas, y la llamas por su nombre: Mariana. Mi corazón da un vuelco. Ésa niña es mía, pero… yo no estoy ahí. Continúas con ella en brazos y su voz pequeña te pide que le cuentes, que le digas otra vez cómo era su mamá. Tú le respondes que era hermosa como ella y que ahora es un ángel bello que la cuida todo el tiempo, más bien, que los cuida todo el tiempo. Veo como se alejan… intento calmarme, intento entender. Las ideas se van acomodando. Me doy cuenta que he muerto, que ya no soy de este mundo, que ya no tengo vida. Estoy tan triste, tan desconcertada. Aún no entiendo como pude dejarte así, como me pude ir sin ti. Estoy muerta. Debo estarlo. Sólo de ésa manera me pude alejar de ti…

13.5.08

SERÁ AMOR?...

Ahí abajito les puse el video, pa' que se ambienten....

PECADO
Carlos Román Cárdenas

Yo creo que es deseo. Definitivamente. Eso que me despierta a veces por las noches y no me deja dormir. Esa inquietud… ésa calma tensa. Ésa resignación de no tenerte. De saber que no podré tenerte nunca. No puede ser amor. El amor te hace sufrir, te hace sentir una presión en el pecho. Yo siento la presión en otra parte. Como una onda de calor. Un calor que no se quita. Que te consume a fuego lento. Que te mantiene en piloto automático; y que en plena oscuridad te hace imaginar sombras, pliegues, sabores. Tus sombras, tus pliegues, tu sabor. Hace calor. Por entre la persiana alcanzo a ver un cacho de luna. ¿Qué estarás haciendo ahorita? Ahí en tu habitación, solita. ¿Te ganará el deseo como a mí? ¿Correrás la mano por entre tus piernas sintiendo la humedad? ¿Pretendiendo sentirla ajena? ¿Imaginando que pertenece al amante ausente? Y yo aquí, también solo. Aplacando mí ansiedad… soñando con haberte conocido de otra forma, en otras circunstancias… en haber sido el imbécil aquel que te robó el corazón… pensándote en mil posiciones diferentes…

Te veo venir con ése paso apurado tan característico en ti. Apenas te veo por la ventana y por mi mente ya corre una escena de “El rey del barrio”, ¿o de “El Revoltoso”?... no me acuerdo bien. Es aquella en donde Tin Tán le canta a Silvia Pinal, afuera de su cuarto de vecindad. Pecado, es la canción. Sólo que en mi cerebro escucho la versión de Caetano Veloso. Ya sé, vaya combinación.
Entras y nos saludas a todos con un beso en el cachete. –“Yo no sé si es prohibido… si no tiene perdón…”- Retiras una silla del comedor y te sientas en ella. –“… Si me lleva al abismo…”- Vienes cansada. Sudada. Me gustas igual. -“…Solo sé que es amor.”- Nos cuentas de tu día. De lo cansada que estás. –“Yo no se…”-. Mueves tus labios apresuradamente, pero yo no escucho lo que dices. –“… si este amor es pecado, que tiene castigo…”-. Sólo puedo imaginar tu boca haciendo toda suerte de obscenidades; por no decir mamándomela, porque se oye muy feo. –“…si es faltar a las leyes honradas, del hombre y de Dios.”-. Te digo que no es amor. Si te amara no sería tan vulgar en mis pensamientos. –“Solo se, que me aturde la vida… como un torbellino…”-. No trataría de adivinar la caída de tus senos desnudos, ni la sensación de tener sus pezones entre mis labios ansiosos. De morderlos. –“Que me arrastra… me arrastra a tus brazos, en ciega pasión.”-. De saborearlos, sintiendo la combinación de tu sudor y mi saliva. Tú sigues hablando. –“Es más fuerte que yo…”-. Yo sigo sin escuchar. –“…que mi vida, mi credo, y mi silo.”-. Voy mas abajo, paso por tu vientre y contemplo tu ombligo, le guiño un ojo y él sonríe. -“…es más fuerte que todo el respeto…”-. Por fin llego. Me recuesto sobre el vello y no sé por qué, pero me dan ganas de llorar. Respiro su aliento salado y mi lengua cobra vida. Viaje de ida y vuelta. Provocador de todo un festín de movimientos involuntarios. –“…y el temor de Dios…”-. Te miro y en tus comisuras se asoma un hilo de saliva. Te beso. –“Aunque sea pecado, te quiero… te quiero lo mismo…”-. Te montas. Te pido que me des la espalda. –“… y aunque todo me niegue el derecho, me aferro a este amor…”. El sudor baja por tu espalda y se pierde entre tus nalgas; en el trance de su rebote sísmico. 8.5 escala de Richter. Aquí no hay letra. Sigue un solo venenoso de cuerdas… tiririiiirirí, etc. Sigue el movimiento. Pausado. Rápido. Acoplados perfectamente. –“…Es más fuerte que yo… que mi vida, mi credo y mi silo…”-. Aumenta la tensión. –“… es más fuerte que todo el respeto, y el temor de Dios…”-. Final del encuentro con desenlace pirotécnico, seguido de un relajamiento sensiblero. –“Aunque sea pecado, te quiero… te quiero lo mismo”-. ¿Qué me pasa? Otra vez me dan ganas de llorar. Soy una vieja. Prefiero voltearme para que no me veas. –“… y aunque todo me niegue el derecho, me aferro a este amor”-. Fin del alucine.

Ni se cuanto tiempo ha pasado. Te despides y te vas. Apurada, siempre con tu paso rápido. Como si estuvieras siempre tratando de alcanzar algo. De alcanzar a la jovencita que se perdió hace ya tanto tiempo entre la mediocridad y los sueños. De alcanzarte. Y yo me quedo igual. Deseando ser otra persona; el que te quite el sueño e ilumine tu sonrisa, tus noches. Rogando por haber nacido a miles de kilómetros de aquí, sin rastro alguno de sangre de por medio. Soñando otra vez con ser el que provoque tus espasmos.
¿Será amor? Yo creo que no.


video

9.5.08

aquí...


Aquí…
(y/o ahí...)
Teté Tovar

Aún no recuerdo como fue que llegué aquí. Recuerdo mis ojos, tu rostro, mi boca, tus manos, una puerta, el aire frío y…eso es todo. Me he despertado sentado en un sillón de la fila cinco de un avión. No tengo la menor idea de a dónde voy, ni cómo llegué aquí; estoy intentando abrir bien mis ojos y dejar de ver borroso a ver si así recuerdo algo más. Me reacomodo en mi asiento e intento llamar a la azafata para que, al menos, me oriente en mi destino. Ella viene, amablemente me dice que estoy en un avión que se dirige a Madrid, que todavía faltan unas seis horas para llegar, que puedo volver a dormir o que si quiero tomar alguna cosa. Le pido un café lo suficientemente cargado como para despertar y así ubicarme en tiempo y espacio. Lo trae con una sonrisa en el rostro sin darse cuenta de mi consternación al no saber en dónde carajos estoy ¡Y aunque ya se a dónde voy, no sé porqué voy para allá!

Una mañana en la que yo me dirigía a la librería me topé contigo, eras menuda y tenías el cabello largo casi a la cintura, tus ojos tan expresivos de un color no definido; es extraño no poder definir el color de tus ojos. Iba yo pensando en que tenía que encontrarme con mi editor para acordar cuanto tiempo me restaba para entregar el borrador de mi último libro. Todo era presión sobre mí, me había gastado el adelanto y aún no tenia idea de cómo terminar la historia; estaba justo en lo más interesante cuando de pronto, mi inspiración salió por la ventana y hasta hoy no había logrado que regresara a mi. Volteaste a verme sonriendo, apenada por bloquear mi paso, me miraste fijamente y dijiste: “yo a usted lo conozco”. Sonreí y pensé, cuántas veces he escuchado eso. “Puede ser”, respondí e intenté continuar mi camino, pero me detuviste y dijiste, “espere, usted es el escritor Lucas Tabarelli, él que escribe esos libros que parecen de amor pero resultan de suspenso y confusión ¿cierto?” “Si”, contesté, “soy yo pero no se lo diga a nadie”. Volvía a mirar tus ojos, esos ojos de un color inexistente, y quedé derrumbado sin poder levantar mi orgullo.

Después de hablar por horas con mi editor, me di cuenta que no había puesto atención, veía que sus labios se movían pero mi cerebro no registró ni gota de lo que dijo. En ese momento reaccioné y me percaté que tenía tus ojos clavados, estabas del otro lado de la vidriera observándome, como queriendo decirme algo o esperando a que yo saliera de aquí. Baje mi mirada un momento para revisar mis notas, cuando vi la vidriera no estabas más. Me desconcerté, puse menos atención en mi editor y perdí totalmente el poco hilo que tenía en la conversación. Mi cabeza empezó a preguntarse quién eras, qué hacías ahí y qué querías conmigo; por más que estiré el cuello por encima del hombro de Octavio (mi editor) no te encontré. “Esto es todo lo pendiente, tienes que entregarme esto en dos semanas ¿lo entiendes? ¡Dos semanas!”, recalcó Octavio, “¡si claro!” Y salí de ahí corriendo a ver si podía encontrarte, pero no fue así.

Pasaron los días y digámoslo así, me resigné a perderte sin haberte tenido jamás. Adelanté en algo mi trabajo y decidí que merecía una recompensa; salí a tomarme un café en un pequeño restaurante que tenía sillas en una plaza, también me dije que me hacia falta consentirme con la plana principal del periódico local. Sentado ahí ordené un expreso doble con espuma sin crema y doble ración de azúcar, abrí el periódico y me dispuse a hundirme en sus letras cuando de pronto y por el rabillo del ojo te ví pasar. Asombrado de mi asombro te seguí con la mirada; te detuviste y te sentaste en la fuente que está justo enfrente del café; parecía que buscabas o esperabas a alguien. Mi impulso fue ir hacia ti, pero decidí esperar a ver si aparecía esa persona a la que esperabas. Volví a lo mío pero parecía un tonto; un ojo sobre las letras y otro sobre tu cabello rojizo. Ahora si pude verlo, ¿rojizo o rubio? No logro enfocar así, en realidad necesito los dos ojos para saber el color exacto, pero no quiero que me veas y mucho menos que te percates que te estoy mirando. Me siento un completo idiota haciendo esto, hasta la espuma de mi café ha desaparecido y todo por dejarlo reposar; se enfriará pero no me importa, pediré otro o lo tomaré frío, al cabo que eso es lo in, ¡café helado! De pronto tu mirada recorre el lugar, como buscando; me asusto y me escondo tras el periódico tontamente al darme cuenta de que me has visto, tu rostro se ilumina con una sonrisa, te paras de la fuente y vienes hacia mí. Yo hago que hago como que no hago nada y lo más importante hago como que no te he visto. Te paras a mi lado y me dices, “Lucas ¿cómo le va? ¿Qué hace por aquí? ¿Viene con frecuencia? ¡Ya sé!, vive cerca de aquí”. Hablabas y hablabas como si no necesitaras aire para vivir, casi como si se te fuera la vida en ello y yo tontamente sólo asentía, no podía hacer otra cosa, estaba embelesadamente estúpido. Continuabas hablando y ahí, exactamente en ese momento descubrí tus ojos y mi mente empezó a intentar adivinar de qué color eran. Verdes… grises… y me sorprendí asegurando que eran verdes, pero después dude y dije: son grises. Tú continuabas describiendo tus vueltas por la ciudad, tus deberes, tus andanzas. Yo sólo te veía pensando en que la mejor forma de callarte era dándote un beso en esos labios rosados que se movían al unísono de tus palabras. De pronto y sin pensarlo me percaté del silencio y ahí me di cuenta que tenía una sensación húmeda en mis labios. Y así pasé del asombro a la vergüenza al saber que esa humedad provenía de tu boca sobre la mía, de tus labios en los míos; me separé de ti y vi tu rostro sorprendido y esa chispa de travesura en tu mirada.

Soy un perfecto idiota, salí corriendo después de haberte besado cual niño asustado. No dije nada, enmudecí y ni siquiera sé tu nombre. Algo está mal conmigo, me topo contigo hace unos días, descubro que lo que más deseo es volver a verte, te tengo nuevamente frente a mí, te beso y me voy sin preguntar en dónde vives. Creo que necesito terapia urgente, alguien tiene que ayudarme a descifrar que está mal dentro de mi cerebro que cuando tengo que reaccionar sólo atino a salir corriendo. Me voy a la cama sin cenar, ¡autocastigo por imbécil!

Ya es de día nuevamente. Me levanto, tomo un baño, doy un sorbo a mi café y voy a mi escritorio a continuar escribiendo ese libro que ya se ha convertido en tortura para mí. Lo único bueno de esto es que mi escritorio esta justo frente a la ventana, lo malo es que me distraigo con todo lo que pasa afuera, es como estar viendo televisión en mudo. Allá por la acera de enfrente pasa la vecina muy apurada con su bolsa del super bajo el brazo, se topa con el que vende el periódico y algo le reclama, él sólo mueve la cabeza de un lado a otro diciendo que no. Acá un poco más cerca y detrás de un árbol está un niño que sonríe. Sólo él sabe sus maldades pero sospecho que tiene que ver con el dialogo de la señora y el del periódico. Vuelve a lo tuyo, me repito y bajo la mirada, las letras no se acomodan en mi mente, siguen en el mismo desorden que en el teclado. De pronto estaba ella, escribo… ¿de qué color serán tus ojos? me pregunto. Empiezo a divagar en mi mente buscando el color de tu cabello y el perfume de tu rostro, tu sonrisa al hablar y mi forma de callarte. ¡Eres un estúpido!, me repito constantemente… mira que salir corriendo como damisela, ¿qué tienes en la cabeza? ¡Basta! estoy decidido a buscarte, tengo que encontrarte para terminar con estas fantasías.

Regreso al café en dónde te besé, te busco casi hasta debajo de las mesas; me veo ridículo levantando sillas y pidiendo permiso a la gente para buscarte en donde ellos están sentados. Pero no me importa, tengo que encontrarte y preguntarte cómo te llamas. De pronto tengo la extraña sensación de ser observado. Al levantarme me he dado tremendo golpe en la cabeza; me lo merezco, por tonto. Me sobo el golpazo y volteo, estás de pie conversando con un mesero. Le entregas una nota y te vas. Me acerco al mesero y éste me reconoce mencionando que la nota es para mí, no la leo y salgo corriendo detrás de ti. Te veo que das vuelta en la esquina y te sigo a poca distancia. En realidad me da miedo alcanzarte y volver a comportarme como un tonto total. Estoy decidido, estoy a punto de darte alcance cuando de la nada; en realidad no tengo idea de dónde, salió mi editor. Apenas iba yo a articular palabra cuando empezó a gritarme, a decirme que era yo un bruto, que cómo era posible que aún no le hubiera entregado lo que me había pedido, que ya estábamos sobre la fecha de límite y que era él quien daba la cara por mi, mientras yo simplemente desaparecía como Gasparín; que ya estaba harto de mi y mis niñerías y que tenía de dos sopas: o le entregaba eso mañana a primera hora o lo diera por muerto. Esta vez si escuché todo lo que me dijo, sólo que por encima de su hombro intentaba no perderte de vista. En cuanto escuché el ultimátum salí por piernas para darte alcance, de pronto estaba otra vez a un dedo de tu hombro cuando diste un brinco para caer en los brazos de un hombre. Me quedé helado. Tu ni te enteraste que estaba detrás de ti, él si porque me vio bastante feo, pero yo volteé mi mirada y me hice el occiso. Retomé mis pasos y volví al café, “me da un expresso doble, con espuma, sin crema y doble ración de azúcar” y fui a sentarme en la última mesa.

Ya le entregué a Octavio lo que me pidió. No me interesa saber si está bien o mal; mi ánimo no está para críticas ni buenas ni malas. Empieza a decirme algo pero no lo escucho, me doy la vuelta y salgo de su oficina, voy a la puerta del edificio y de repente veo un destello rojo pasar por la banqueta. Mi corazón late, salgo corriendo pasando por encima de Rosita, la secre de Octavio. Ahora si, tengo que hablarte. Mi sorpresa fue enorme cuando volteaste y me miraste mientras hablabas por el celular, sólo decías; “si, te prometo que me cuidare esta vez y no estaré hasta tan tarde en la calle”, me hacías señales con el dedo de que guardara silencio, y yo sólo obedecí intentado adivinar si hablabas con tu papá, tu hermano o Dios no lo quiera, tu novio. Mi sorpresa aumentó cuando al colgar dijiste, “si Octavio ya te dije que tendré cuidado”. ¿Octavio?, pensé. Es el mismo que amenazó con darse por muerto, ¿será? Y al colgar dijiste, “mi hermano que no deja de preocuparse por mi, por cierto usted lo conoce, es aquél con el que hablaba en la librería, ¿qué relación tienen?”, preguntaste inocentemente al borde de mí desmayo. Todo este tiempo tan cerca y tan lejos, soy un completo idiota, queda confirmado. Le conté toda mi relación con su hermano y nos quedamos platicando horas, horas que parecieron días. A partir de esa tarde nos volvimos inseparables. Eso si, tuve que pedirle que dejara de hablarme de usted, me sentía viejo; así continué callándola con besos para que me dejara hablar alguna vez, otras prefería hacer como que escuchaba y perderme en ese verde de sus ojos. Una mañana en que ella llegó, entró en mi departamento, abrió las cortinas y me despertó con un expreso. No digo como, porque ya sabemos. Fue en ese momento en que me di cuenta que quería estar con ella siempre, amanecer con ella y anochecer también.

Una noche más y le propuse que se mudara a mi casa; sus ojos verdes (o grises) se abrieron, su boca sonrió y sólo atinó a decir si. Esa misma noche llegamos a casa, a nuestra casa e hicimos el amor como si nunca lo hubiéramos hecho. No queríamos que terminara, y no sé en que momento nuestros cuerpos se sumieron en un sueño profundo y relajante; sólo para despertar en un abismo incierto; no estabas, te habías ido. Fue apoderándose de mí un miedo terrible a no volver a verte. Me levanté y te busqué por todo el lugar, simplemente no estabas. Pensé en salir a buscarte pero decidí esperar, ¿a qué? no lo sé, pero me quedé sentado en la orilla de la cama como un niño esperando a que volviera su mamá. Pasaron las horas y no sabía de ti, no supe qué hacer a quién buscar para encontrarte, ni mucho menos a quién llamar para buscarte. Seguí esperando hasta que ya no pude más. Te llamé a tu celular pero estaba fuera de área, me envalentoné y llamé a Octavio; no importa si se molesta conmigo y menos importa si decide darse por muerto, tengo que averiguar que sucedió. En eso estaba cuando timbro mi teléfono y para mi sorpresa era Octavio, empezó a hablar tan rápido que no entendí ni la mitad de lo que dijo, le pedí que se calmara y que volviera a empezar. Comenzó diciéndome que no tenía yo vergüenza, que como era posible que yo y su hermana, que qué atrevimiento el mío, que cómo había sido capaz. Le pedí que se calmara y le pregunte por ti. Me dijo que le habías llamado diciéndole que todo había cambiado para ti, que tenías que marcharte y que yo no era el indicado. Le supliqué, le rogué a Octavio que me dijera en dónde encontrarte. Primero no quiso pero después de amenazarlo de todas las formas posibles, me dijo que estabas en ese lugar que ahora recuerdo tan vividamente. Tan sombrío y áspero, tan inmundamente confuso.
Llegué hasta ti silenciosamente, estabas ahí, sentada en un rincón abrazada a tus piernas. Ése cabello rojizo todo enmarañado sin ningún orden y aún así, para mi era hermoso. Volteaste a verme con esos ojos tan tuyos, tan inconfundiblemente tuyos; me miraste con tanto dolor y tanta pena que no entendí que sucedía. Intenté acercarme y me pediste con tu mano que me alejara, pero con tus ojos me suplicabas que te abrazara. Era tanta mi confusión que sólo atiné a acercarme un paso más, volteaste a verme suplicante y no pude evitar el estrecharte en mis brazos. Tenía que sacarte de ahí, tenía que llevarte a un lugar limpio y puro como tu. Te llevé en mis brazos hasta nuestra habitación, te arropé y quedaste tiernamente dormida. Fui a prepararme un café mientras pensaba qué sucedía, porqué te comportabas así.

Se hizo de día nuevamente y ahí estabas observándome dormir, sonreíste y era como si nada hubiera pasado. Te sentaste a mi lado sonriendo, pero tus ojos eran tristes. Intenté preguntarte que había pasado y con tu dedo callaste mis labios haciendo una mueca. Me levanté y vi que estabas junto a la ventana observando el panorama, te dejé sola y fui a tomar un baño; al volver no te vi, nuevamente me llene de angustia, pero ahí estabas, sentada en la cama, con la mirada perdida. Me acerqué a ti y volteaste a verme levantándote. Empezaste a decirme que me habías conocido en muy mal momento, que tu vida era feliz antes de conocerme, que no sabias; es más, que ni idea tenias de cómo era posible que estuvieras conmigo, o mejor aún; cómo era posible que yo estuviera contigo. Que tu vida y la mía no tenían unión, y que lo mejor era terminar todo lo que teníamos y dejar de pensar en lo que estábamos por tener. No supe que decir porque no entendía tus palabras, resonaban en mi cabeza sólo como ecos huecos; te paraste junto a la ventana haciendo un silencio sepulcral que servia para taladrar aún más mis oídos. Después, volteaste a verme, pero no me veías en realidad. “Esto termina aquí… no hay motivo para seguir juntos… es más fácil ahora que apenas empieza”, dijiste caminando hacia la puerta recogiendo tu ropa. “Es mejor que me vaya… sigue tu camino como si no nos hubiéramos topado jamás”, fui tras de ti y lo único que pude agarrar fue tu brazo, te solté porque dejaste escapar un suspiro y creí haberte lastimado; apuraste tu paso, pero logré ponerme entre la puerta y tu rostro… tus ojos… esos ojos que hacen que me pierda en un universo paralelo dentro del cual todo está bien. Me diste la espalda, fuiste a tirarte en el sofá gritándome que intentara entenderte, que por qué lo hacia tan complicado siendo tan sencillo. Te levantaste casi hecha una fiera, te acercaste a mi rostro y me dijiste: “no puedo estar contigo… no puedes estar conmigo… ¿que parte del “no se puede” no entiendes?”, preguntaste apretando los dientes y apuntando con tu índice mi pecho. Yo no terminaba de comprender en que momento se activó en ti tanto enojo. ¿Qué hice? Si lo único que intenté fue amarte, cuidarte en este poco tiempo. Lo menos que quise fue hacerte daño. De pronto, te alejaste nuevamente caminando a la ventana; no parabas de llorar hasta que me acerqué a ti, y volteando a verme, sollozaste que por favor te entendiera, que nunca habías amado así, pero que no podías dejarte amar así, que tenías que alejarte. Sin más, me dejaste sin palabras, sin poder moverme, impotente viendo como te alejabas de mí.
En ese momento intenté, lo juro, ir tras de ti pero al cerrar la puerta sentí como una ola venia y me arrastraba por todo el lugar, imágenes iban y venían dentro de mi cabeza sin un orden lógico. De pronto, sentí como si perdiera la razón, ya no pude soportarlo más y caí.

Es temprano. “¿Señorita, me da un boleto al más allá por favor...?” “¿joven se siente usted bien…? ¿Qué vuelo sale ahora mismo…? “Madrid…”, “démelo”. La sala de espera estaba helada, todo es tan frío en este momento. Subo al avión y sólo puedo recordar lo helado de tu mirada, de tu media sonrisa, de tus ojos tristes. Sin razón voy perdiendo el sentido; he olvidado a donde voy y porque me voy. He despertado, estoy en un avión. Una aeromoza me ofrece un café el cual acepto gustoso. No recuerdo nada de ayer, siento que he despertado de una pesadilla. En unas horas estaré en Madrid para la presentación de mi última novela. La has inspirado tú.



7.5.08

MONA


REAL DOLL
Carlos Román Cárdenas

Esto es pa' ti Wendy, en donde quiera que estés.

Hoy por fin cobré vida. Mi padre me ha dado el visto bueno y hasta me ha dado un beso en la frente. Se ve que esta muy orgulloso. Sus asistentes me visten con ropa sexy y entre ellas comentan lo bien que me veo. Hacen bromas sobre mis senos y los tocan; sé que en el fondo me tienen envidia. No me he visto al espejo, pero por lo que dicen, puedo adivinar que soy realmente hermosa. Hoy será una de las últimas noches que duerma sola. Puedo sentirlo. Las luces se apagan. Tengo sueño.

Esta mañana me han despertado muy temprano. Estoy formada junto a algunas de mis compañeras. Todas igual de bonitas que yo. Una a una nos van acomodando dentro de una caja de madera, una argolla de plástico suave nos sujeta del cuello. Clavan una tapa al frente y ya no puedo ver nada. Tengo miedo; no me gusta la oscuridad. Oigo ruidos, siento que algo se mueve. Ya quiero que todo esto termine.

Han pasado varios días de mucho ajetreo. Creo que el momento se acerca. Oigo voces del otro lado, ya no siento movimiento. Siento un sobresalto, los clavos de la tapa salen uno a uno, se abre una pequeña rendija y un rayo de luz me ciega. Alcanzo a distinguir una silueta, la tapa se abre por completo, no puedo ver nada.
Me ha tomado de los brazos y me ha sentado en un sillón. Mis ojos se han acostumbrado a la luz, ¡por fin lo puedo ver!... es justo como lo imaginaba… que curioso, es como si lo conociera desde hace mucho tiempo… él se ha arrodillado ante mi y me ha desnudado por completo… me contempla durante varios minutos, me revisa, me toca… abre mis piernas y sonríe satisfecho. Se levanta y pone música lenta; abre una botella de vino… me sirve una copa, pero yo no tomo… se sienta a mi lado, me dice cosas al oído… siento calor… me acaricia, juega con mis senos… me acuesta y me hace el amor apasionadamente… siento su calor dentro de mi… sin duda, los mejores tres minutos de mi corta vida... ya siento que lo amo… es oficial, vamos a ser muy felices.

Hoy lo estuve observando bien. Se levantó temprano y puso café. Se ve un poco cansado, parece que no pudo dormir bien. No es muy guapo pero no importa. Yo ya empiezo a quererle. Sin duda, esta fuera de forma. Tiene una enorme panza y su cabello se ha dado a la fuga. Debe andar cerca de los cuarenta. Lee el periódico en silencio, apenas si me ha regalado una leve mirada. Nada parecido a la desbordante pasión de anoche.
Tocan a la puerta y se levanta apurado, viene hacia mí. Pienso que me va a besar, pero en vez de eso, me carga y me lleva a un armario, me avienta dentro y cierra las puertas. Alcanzo a escuchar la voz de una mujer mayor. Debe ser su mamá; mi suegra… jeje, que chistoso se oye eso. Oigo que discuten, ella se marcha, y yo me quedo aquí hasta ya entrada la tarde. Viene por mí; el departamento huele muy bien. Nos damos un largo baño en la tina, salimos y nos vestimos para la ocasión. Me ha comprado un hermoso vestido rojo que combina con mi color de piel. Debajo, sólo me viste con una pequeña tanga de encaje. Él se viste de camisa y corbata. Nos sentamos a la mesa, de fondo escuchamos una música muy bonita, aunque un poco triste. Brindamos por nosotros, luego me cuenta sobre su vida, sobre lo feliz que lo hace el que yo haya llegado. Es imposible no conmoverse con sus palabras, sabe que yo le correspondo.
Ya casi es medianoche; parece que se le han pasado las copas. Canta con mucho sentimiento canciones de desamor y soledad. Termina con la botella, creo que es mi turno. Me alza en brazos y me lleva a la recámara. Me arranca el vestido, me avienta sobre la cama y maldice; apenas se puede sostener de pie. Se quita la ropa, me abre de piernas e intenta penetrarme. No puede. Parece que ha bebido demasiado. Me jala de los cabellos y acerca su sexo a mi boca. Está flácido, como muerto. Por más que hago mi mejor intento, no logro excitarlo. Se pone violento, me golpea, me tira al suelo. Se va a seguir tomando; regresa ya casi amaneciendo. Me levanta y me acuesta delicadamente, se abraza a mi, casi no entiendo lo que dice, pero por sus lágrimas sé que esta arrepentido. Después de un rato, se queda dormido… estoy muy confundida… ¿habré hecho algo mal?... nunca me advirtieron sobre esto.

Creo que hoy será un buen día. Nos hemos levantado casi al mediodía y él me ha hecho el amor amorosamente. Me lleva al baño y me lava con cuidado, él se baña también. Salimos a su habitación y me sienta envuelta en una toalla. Me viste con la camiseta de su equipo favorito y nos vamos a ver la televisión. De vez en cuando grita y manotea, también celebramos con besos y caricias. Al parecer, ganamos. Me gusta que esté feliz. Yo creo que hemos visto como tres juegos seguidos, más las repeticiones y resúmenes. Ya es de noche y se ve cansado. Nos vamos a dormir. Esta vez no hay sexo ni violencia, sólo dormir… juntos, abrazados.

Entre semana casi no nos hemos visto, supongo que su trabajo debe ser muy demandante. En las noches llega muy cansado, y la poca energía que le queda, la gasta sentado frente a su computadora. Afanando, buscando. Creo que no ha tenido mucha suerte. Sólo el martes me ha tomado, fue un encuentro casual, casi furtivo. Mis días no son muy diferentes. Casi todo el día me lo paso frente al televisor; ojalá y pudiera encenderlo. De reojo leo los periódicos de la semana que se van acumulando en el sofá. Lo días transcurren lentos sin su compañía. Hace frío.

Por fin es viernes. Lo sé porque hoy anda de buen humor, me ha dicho al oído que hoy estaremos juntos y me ha besado tiernamente los labios; yo le respondo con un mordisco juguetón, cómplice. Todavía no oscurece y él ya está en la casa. Pone música y limpia el departamento; pasa la aspiradora, sacude los muebles, lava su ropa. Eso de ser ama de casa no se ve tan mal a simple vista, quisiera poder ayudar; pero bueno, yo estoy aquí para otras tareas. Ya es de noche y él apenas va terminando sus quehaceres. Ojalá y haya guardado energías para mi. Abre una cerveza y se sienta a mi lado, me abraza, siento su camiseta empapada de sudor. Descansa un rato y nos vamos a bañar juntos. El agua tibia se siente muy bien. Salimos a su recámara y me cuenta que tiene una sorpresa para mí. De una bolsa saca un uniforme de colegiala. La clásica falda de cuadritos y la blusa blanca, muy blanca. Estoy lista. Yo seré su alumna y él será mi profesor. ¡Castígueme! ¡He sido una niña mala!
Ha sido una noche muy loca. El uniforme le ha excitado mucho; ya perdí la cuenta pero siento como si hubiéramos hecho el amor unas cinco veces, cuando menos. Estamos agotados, acostados uno al lado del otro, desnudos, satisfechos… felices.

Hoy muy temprano ha sonado el teléfono, al parecer la llamada lo ha puesto de mal humor. Se levanta y se mete a bañar. Esta vez sin mí. Yo sigo acostada en la cama, desnuda y toda pegajosa. Sale del baño, se viste rápido: un pantalón de mezclilla y una camisa polo celeste, igualita a las que usaba mi papá, pero con el cocodrilo medio chueco.
Me carga, esta vez no con mucho cuidado. Otra vez el armario. A las dos horas más o menos, llega mi suegra. Hoy viene de buenas al parecer. Va a la cocina y prepara el almuerzo. Se sientan a la mesa y platican animadamente, yo trato de ver por una rendija, pierdo un poco el equilibrio y sin querer tiro unas cajas. Ella se sobresalta y él se pone nervioso. Se nota que no sabe mentir. Ella le pregunta si esconde algo, y él no atina a contestar. Ella viene hacia mi, él ni hace por detenerla, creo que en el fondo quiere que nos conozcamos, ¡que bárbaro! Y yo toda encuerada...

Todo pasó muy rápido. El pobre ni pudo decir palabra. Esta sentado en el suelo, sollozando. Parece un niño. Su mamá se ha ido hace rato ya. Antes, le ha dicho cosas muy feas: que si es un pervertido, un degenerado. Siento que su familia nunca me va a aceptar.
Ni siquiera comió. Se ha pasado todo el día pensativo, triste. Más tarde ha llegado su hermano; se ve menor que él. Llegó acompañado de unas cervezas frías. Las guarda en el refrigerador y trata de romper el hielo con chistes. Pero a mi amado nada lo anima. Su hermano le cuenta de la preocupación de su mamá, de lo raro que debió haber sido la escena, que tratara de comprenderla, que a final de cuentas era su madre y era normal que se mortificara. Ya en un tono más ligero le preguntó por mi. –“Bueno… a todo esto, ¿en dónde esta la susodicha?”-. Dijo el muy estúpido. Me cayó tan mal. Y aquél que ni fue para defenderme. Nomás señaló el armario sin decir palabra. El “susodicho” vino y abrió las puertas de golpe. Al verme, se quedó sin habla. Volteó a ver a su hermano y le dijo que yo estaba buenísima, que le cambiaba a su esposa por mí. Las ocurrencias de mi cuñado hicieron que los dos soltaran la carcajada. Mi amor se levantó y fue por unas cervezas, se sentaron a platicar durante un buen rato y le contó todo sobre mí.
La verdad, debo confesar que me sentí halagada por las palabras de mi cuñado. Ya tarde se despidieron con un abrazo. Ya no alcancé a escuchar muy bien, pero al parecer quedó de venir mañana a cenar. Por un momento pensé que todo había vuelto a la normalidad pero él se pasó de largo, sólo me lanzó una mirada lastimosa… yo dormí sola en el armario. Otra vez.

Ha sido la peor noche de mi vida. Una noche larga y fría. No he podido dormir y el frío se me clava como ráfagas punzantes. Ya es de día, él se levantó temprano. Hoy es el día en que nos pasamos toda la tarde frente a la televisión viendo los partidos. Al menos, eso me da la esperanza de que pasaremos el día juntos, dándonos cariñitos y arrumacos. No debe tardar en venir por mí; que bueno, ya me hace falta un buen baño.
Que raro, ya casi es mediodía y ni siquiera ha venido a ver cómo amanecí. El partido ya esta en la televisión, pero él sólo lo mira a ratos. Se ha pasado media mañana limpiando y al parecer ahora prepara algo de comer. El ruido de la televisión no me deja escuchar, quisiera saber como está, si amaneció de mal humor… si está enojado conmigo. Pasa por el armario y apenas alcanzo a verlo; sin embargo, puedo notar que anda bien bañado y muy perfumado. Debe estar preparando nuestra tarde especial. No puedo esperar… estoy ansiosa… de un momento a otro va a venir por mi y me va a llevar a la bañera… estará llena con agua calientita y jabón de burbujas… me bañara delicadamente, me lavara el cabello con él champú de mentol que él usa, me sacará y me acostará sobre la toalla que previamente habrá puesto sobre la cama… secará toda mi piel y pondrá especial cuidado en ésos orificios que tanto disfruta… lo más seguro es que, por ser domingo, me vista con la camiseta de su equipo y veamos el resumen deportivo… él pedirá una pizza y al caer la tarde, nos amaremos lentamente, sin prisas.

Todo se ha ido a la mierda. No hubo ni baño, ni tele, ni nada. Yo sigo aquí toda hedionda y el infeliz se lo ha estado pasando de lo lindo con su hermano, su cuñada y una gorda que trajeron con ellos. Hasta les ha preparado la cena él mismo. Ya es casi media noche y ni señas de que quieran irse. Han estado riendo a carcajadas y por sus voces es obvio que ya andan medio borrachos.
Por fin se han largado. A estas alturas, me conformo con un rapidín… con tal de que me mire… aunque sea un ratito… nada, ni eso… ni siquiera ha venido a ver como estoy… ha apagado todas las luces y se ha ido a dormir… esta será otra noche larga… muy larga.

Desgraciado. Ya llevo varios días aquí encerrada. Siento como si se avergonzara de mí. Todas las tardes llega y lo primero que hace es sentarse frente a su computadora. Ahí se pasa las horas, riendo, escuchando música lenta. Luego toma el teléfono y habla otro buen rato. Hoy por fin se ha acordado de mí. Ha venido y me ha llevado al baño. No ha sido nada cariñoso; me ha lavado con agua fría y un estropajo. Ya estando ahí se ha excitado y me ha tomado con violencia, como si me odiara. Creo que hasta se me desprendió un poco de cabello… me duele… siento como una presión en el pecho… esta vez no hubo burbujas ni agua caliente… de vuelta al armario.

Ya ni siento frío. Sigo viendo a través de la rendija como pasan los días, sus días. El miércoles pasado llegó muy noche y de muy buen humor. Ha cambiado mucho en estas semanas, le ha cambiado el semblante, se ve rejuvenecido. Hasta el departamento se ve mas iluminado, mejor. Ojalá y pudiera asegurar que yo soy la causa de su alegría. Pasan los días y mientras él se regenera, se reinventa; yo me deterioro y envejezco…

Es el colmo, hoy la ha traído a casa, ¡a nuestra casa! ¿Lo pueden creer? Yo no se que le ve, la verdad. Esta gorda, tiene una cara vulgar y además se ve mayor que él. Que asco… se la han pasado viendo la tele y tragando botanas… ahora comprendo, por eso está como está… se la ha de pasar tragando todo el día la estúpida… mírala, mastica con la boca abierta y escupe cuando habla… y que risa… parece una hiena de documental barato… y él… ahora si anda muy risueño el muy idiota… yo no se de que se ríen tanto, si dicen puras tonterías… ahora están tomando vino… que finos me salieron… de seguro la naca nunca lo había probado… hasta caras le hace… tocan a la puerta y traen mas comida… ¡qué bárbaros!... siguen aplastados en el sillón… ahora escuchan música… mi gordo… ¡¿Qué digo mi gordo?!, ¡el estúpido ése!... bueno, él… le tiende la mano y la saca a bailar… ella se niega alegando que no sabe, pero él insiste… se abrazan y se mecen lentamente… es increíble, tengo que reconocerlo… en donde antes vi sólo intercambio de comida y chistes malos, ahora veo concentrada toda la gracia del mundo… se miran como reconociéndose… como si hubieran esperado toda la vida para vivir este momento… unen sus labios y se tiran sobre el sillón… se quitan la ropa despacito… dejan al descubierto sus defectos, su flacidez… su perfección. Ella se levanta y él la contempla embelesado… se toman de la mano y se dirigen a la habitación… confundo sus gemidos con mis sollozos… siento algo raro en el ojo… como un piquete…

Me he pasado toda la noche en vela… ellos se han dormido ya casi amaneciendo… el gorgoreo de la cafetera y sus risas llenan la mañana… que raro, a pesar de la mala noche que he pasado, se siente un calorcito agradable… vienen a la sala y encienden la televisión, se acurrucan… otra vez la presión en mi pecho…
Ya es pasado el mediodía y han salido. Apenas me dispongo a rumiar mis penas cuando él regresa. Viene directamente al armario, abre las puertas y saca una caja. Antes de irse, algo en mi atrae su atención. Me carga bruscamente y me sienta en el sillón. Va y enciende la luz, regresa y acerca su rostro al mío. Noto en su mirada una mezcla de asombro y enojo. Toma una servilleta y la pasa por uno de mis ojos. Una sustancia viscosa y transparente forma un hilillo, y una gota del mismo líquido cae sobre mis senos. No se que hacer, siento que me culpa, pero no se de qué. Toma el teléfono y marca un número. De uno de los cajones saca unos papeles; en uno de ellos viene la foto de una de mis compañeras. Espera durante algunos minutos y luego discute con la persona que se encuentra al otro lado del teléfono. Le reclama algo; que si salí defectuosa, que si tengo un agujero en el ojo por el cual me estoy vaciando, y no se que tantas cosas más. Cuelga enojado y se queda ahí quieto, pensando. Yo me quedo a la expectativa de sus movimientos. Se levanta, me vuelve a guardar y se larga. Me siento mal… el líquido sigue brotando.

Han pasado no se cuantos días. No quiero pensar que pasaré el resto de mi vida encerrada en este maldito armario. Ella sigue viniendo con regularidad y ya hasta se siente la dueña de la casa. Le insiste en que lo mejor para los dos es que vivan juntos. Él no se muestra muy convencido pero sé que va a ceder. Pasan los fines de semana aquí en el departamento. A veces salen y llegan ya muy noche, se van directamente a la recámara y dan rienda suelta a sus pasiones. Yo quisiera poder taparme los oídos para no escuchar el concierto de gritos y el rechinido… el maldito rechinido del colchón.

Hoy llegó más temprano que de costumbre. Para mi sorpresa ha venido por mí. Me ha sacado y me ha llevado a la tina. Agua calientita y baño de burbujas… creo que es el momento de la reconciliación… enjabona con delicadeza cada rincón de mi cuerpo y hasta me ha echado champú en el cabello… él anda muy rasuradito… siento su calor y hasta ése olorcito agrio de su sudor me parece atractivo… me saca y me acuesta sobre la cama… abre uno de los cajones y toma un juego de lencería… el mismo que traía cuando llegué… que tierno, seguramente quiere recordar nuestra primera vez… me viste, me sienta, me cepilla el cabello… lo acomoda de manera que no se note mucho el mechón que me falta… nos vamos a la sala… debe ser sábado o domingo… seguramente veremos algún partido de fútbol, luego escucharemos música y haremos el amor como a él le gusta… fuerte o delicado, no importa… yo estoy aquí para complacerlo… voy en sus brazos y me siento feliz… feliz de ser su mujer… estamos de regreso mi amor.

No me he podido recuperar de la impresión. Lo que pensé iba a ser una noche de pasión ha sido en realidad una total decepción. Hemos llegado a la sala y ahí, justo en medio de la habitación esta la misma caja de madera en la que llegué. Todo esta en su lugar: el asiento, las argollas para sujetarme, todo; incluso el folleto en donde vienen varias fotos mías. Me acomoda bien y me amarra con firmeza, como para asegurarse que no pueda escapar. Me arrastra con todo y caja hacia un costado del pasillo y me cubre con la tapa sin clavarla. Pasan unas horas, oigo voces que se dirigen hacia mi. Destapa la caja y quedo expuesta ante los ojos de unos desconocidos. Son dos jóvenes, ninguno de los dos pasa de los veintidós años. Me miran y sonríen. Uno de ellos me toca, pasa su mano por mis senos, se detiene en mis pezones y los pellizca, asiente. Comienzan a hablar de precios y a regatear. Él los acompaña a la puerta y me dice que ya vendrá alguien que si sepa apreciarme… como quisiera que ése alguien fuera él… si por mi fuera, me quedaría por siempre a su lado.

Ha venido a verme todo tipo de gente. Desde adolescentes, hasta señores ya mayores. Nadie se ha animado. Yo por mi parte, estoy resignada a irme de aquí. Sé que es sólo cuestión de tiempo para que me vaya para siempre. Y así de golpe, no nos volveremos a ver nunca… ya no habrá tardes de domingo frente a la televisión ni baños calientitos en la tina. Ya quiero que todo termine… ya no quiero estar triste.

Hoy ha venido una pareja. El señor debe tener unos cincuenta años y ella debe andar por los cuarenta; es medio llenita y tiene una mirada pícara. Ya llevan muchos años de casados, según alcancé a escuchar. Vienen a verme porque quieren agregarle un poco de chispa a su relación, dijo ella sin empacho. Su marido se apenó un poco y quiso cambiar la conversación preguntando por mi precio. Ella se acercó. Tanto, que pude sentir su calor. Un calor distinto, suave, familiar. Su mano acarició mi rostro y fue a dar a mi maltrecho cabello. –“Pobrecita… no te preocupes, yo te voy a tratar bien”- sus palabras sonaron sinceras. Bajó su mano y acarició delicadamente mis senos. Confieso que me gustó. Él nunca me había tocado así, ni siquiera en su versión mas cariñosa. –“Perfecto, mañana venimos por ella”- dijo el señor satisfecho. Ella lo abrazó y lo besó. Se fueron tomados de la mano, seguros de haber encontrado lo que buscaban.
Él regresó sonriente, aliviado. No soy tonta, se lo que siente. Su rechazo es evidente, a ultimas semanas no he sido mas que una carga penosa para él. Estoy consciente del stress que le causa mi presencia; me he covertido en un fantasma, en el recordatorio constante de lo patética que era su vida antes de mi llegada, en la culpa libidinosa que se esconde en el armario. Tiene miedo. Miedo a ser descubierto y a quedar expuesto al juicio implacable de la gente. Miedo a perder la esperanza. En fin, ya no me importa… ni modo, no me supo querer… le he servido bien y me lo agradece con un tímido beso en la mejilla… otra vez el piquete en el ojo… batalla para acomodar la tapa de madera, trato de mirarlo bien por última vez… no siento rencor, prefiero quedarme con los buenos momentos: los baños en la tina, las tardes de fútbol y su torpe forma de hacer el amor que tanta ternura me causaba… ya casi no lo alcanzo a ver, el ruido de los martillazos retumba en mi interior… apaga la luz, todo queda en silencio… adios mi amor… otra vez el maldito pinchazo en el ojo… y la húmedad.

Esta vez el ajetreo ha sido menor y no ha durado tanto. Me siento un poco nerviosa. Sinceramente, no tengo ni la menor idea de lo que va a pasar. Estoy tan ansiosa. Oigo ruidos, alcanzo a distinguir algunas voces. Un aroma exquisito se cuela por entre las rendijas de la tapa de madera; también una luz tenue que no me deja ver mas que puras sombras. Siento un extraño relajamiento, debe ser la música. Nunca había escuchado algo así; no hay voces que cantan ni melodías tristes. Esto es distinto. Cada nota que se alza rasga el aire como si de navajas se tratara. Hace calor aquí adentro. Escucho sus voces, hablan de sexo, de mi. Los clavos de la tapa comienzan a ceder y de pronto quedo expuesta a sus miradas. Esta vez puedo ver todo con claridad. Ella esta sentada y tiene una copa de vino entre sus manos. Sólo lleva puesta su ropa interior, muy bonita por cierto. Él anda en bata y puedo adivinar que no lleva nada debajo. Miro hacia el otro lado de la habitación y veo una caja de madera, muy parecida a la mía. Un escalofrío recorre mi espalda, siento que mis entrañas se encojen y revolotean, que curioso, ¿a que se deberá? Se acercan a la caja y tiran de la tapa ya suelta. ¡No lo puedo creer!… ¡es lo más hermoso que he visto en mi corta vida!... Negro, musculoso y… ¡orale, extra grande!... tiene una mirada fuerte y segura… me mira y me sonrojo, él hace una mueca parecida a una sonrisa… nos acercan y mi corazón se quiere salir… nos acomodan en el sofá, nuestras manos se entrelazan y con ayuda, reconocemos nuestros cuerpos… ellos se unen a la acción; hacen una buena pareja… se acercan y me acarician amorosamente, él le susurra algo al oído y ella sonríe... el ambiente es agradable, se besan apasionadamente y se quitan la poca ropa que les queda... él esta completamente excitado y ella lo arenga con su boca; nosotros comenzamos a sentir calor… ella viene hacia mi y me desnuda, me besa en los labios mientras con su mano toma el oscuro miembro de mi nuevo compañero… su esposo se acomoda detrás de ella y la embiste… todo esto es nuevo para mí, sus formas, las maneras de besarme, de tocarme… pruebo el sexo de los tres, los saboreo... tan distintos y familiares a la vez… exploran toda mi piel, siento sus dedos dentro de mí, delicados, conocedores de los puntos exactos a tocar... terminamos los cuatro desnudos en la cama, haciendo el amor de mil formas distintas... las luces se apagan, ráfagas de mil colores distintos relampaguean en la osuridad… combinaciones de olores variados; dulces, agrios, todos igual de estimulantes… multitudes de manos que me embarran de ternura y vulgaridad; me gusta… trato de adivinar sus figuras en la penumbra… líquidos caen sobre mi… gemidos, respiraciones entrecortadas… luego, la calma.

Ya son dos meses los que llevo aquí y todo ha ido en ascenso. Estos locos son insaciables… cada día encuentran nuevas sensaciones, terminaciones nerviosas en donde no se imaginaban, existían… lo mejor de todo, es que mi novio y yo somos los invitados de honor… siempre tienen algo nuevo en mente y no temen experimentar… ellos me han enseñado cosas que no pertenecen a este mundo… me tratan bien, me bañan, me perfuman, cuidan de mi… perdón, ¿dije, mi novio?... jaja, se me había olvidado comentarlo… pues si, casi desde que llegó, iniciamos una relación… al principio yo estaba renuente; trataba de limitar lo nuestro al plano estrictamente carnal… pero él me fue ganando con su trato, con sus atenciones… es todo un caballero y siempre antepone mis necesidades a las de él… creo que estoy enamorada… a veces nos acomodan en una silla frente a la ventana y podemos observar como la vida pasa por la calle… tomados de la mano observamos a la gente, sus gestos, sus andares… vemos niños jugando y ancianos paseando… hasta el cielo se ve bonito desde aquí, no importa que esté nublado o lluvioso, para mi es perfecto… así pasamos los días, como una pareja normal… luego ellos llegan por la tarde y vienen por nosotros, los amantes dispuestos… en algunas ocasiones los acompañamos a la mesa y los miramos platicar, reírse; nosotros nos vemos de reojo y compartimos miradas cómplices; sonreimos también… luego, si estan cansados, simplemente vemos un rato la televisión.
Siento una paz inmensa, como si hubiera encontrado un hogar… es más, ya casi no me acuerdo de él… a veces hasta me cuesta recordar como era su cara… he aprendido tanto aquí, que no me imagino una vida fuera de estas paredes… van a decir que exagero pero incluso veo todo de un color mas vivo… yo me siento viva… estoy segura que ya no habrá más piquetes en el ojo ni lamentos… tengo el presentimiento de que esto apenas es el principio… estoy tan emocionada que quisiera poder gritarle a todo el mundo lo dichosa que soy… ahora si, todo esta bien, en orden. Ahora si es oficial: soy asquerosa e indecentemente feliz.

Todo Comenzó…


Todo Comenzó...

Teté Tovar


Comenzó como una huida. Decidí alejarme de ti antes de que nos tomáramos por sorpresa. El cielo estaba gris, seco, sin vida. No quise voltear atrás porque el verte me haría arrepentirme de mis palabras, de mis decisiones y ya no era suficiente.
Aquella mañana me levanté dándome cuenta de que no tenía futuro, de que mis pasos estaban topando con pared; así que tomé la decisión de llamarte, hablarte y alejarme. Y así lo hice. Cuanto cuesta, pero lo hice. El cielo estaba gris, seco, pero continué caminando hasta la estación, tomé el tren y volví a casa. ¿Ahora qué iba a hacer?, tenía un hueco que llenar, así que comencé a escribir la historia de un ser que no sé si es real.
Como todos los cuentos, éste inició en mi imaginación, tropezando con todos los pensamientos que alguna vez fueron para ti, pero que ahora van dando forma a esto, a una historia, cuento, o como gustes llamarlo. El cielo está gris, seco. Alguna vez te vi ahí, sentada con la vista fija en un vaso de café; y digo vaso porque no te gustan las tazas, dices que son ordinarias, sin chiste. Nunca he entendido eso, pero ya deje de cuestionarte. Te levantaste vaso en mano y llegaste hasta la ventana, ¿te das cuenta de que siempre hay una ventana? Me miraste diciendo: “hoy iremos a buscar eso que no encontraste ayer en la librería; hoy será un día para ti y sólo tuyo…” Te creí, te seguí hasta la librería ilusionado, no por encontrar lo que buscaba, sino por estar contigo así, sin nadie, rodeados de gente. Algo pasó, al salir de ahí dijiste que tenías que hablar por teléfono y te alejaste, al volver me viste con esa cara que tantas veces habías puesto después de cada llamada. Dijiste que tenías que volver, que te esperaban, que llamarías más tarde y te fuiste. Me quedé ahí, parado sin saber a dónde ir o qué hacer, “tómalo con calma” me dije, “comienza a caminar y veamos a dónde te llevan tus pasos”.
Caminé y caminé hasta llegar a casa. Ahí, frente a la puerta con la llave en la cerradura, me di cuenta de algo muy importante, ¡olvidé mi auto! Pero qué tonto. Ya ni modo, mañana volvería por él. Ya más tranquilo y con una taza de café (a mi si me gustan las tazas) tomé el teléfono para ver si tenía algún pendiente de trabajo. Llamé a mi secretaria, que por cierto, me regañó diciendo que era yo un desconsiderado, que la tenía con pendiente, que era un irresponsable. Le pedí mil perdones por dejarla ahí a cargo de toda mi vida laboral. Cuando colgué el teléfono, tus ojos vinieron a mí… ese color marrón inmenso, tan color café, tenían en mí el mismo efecto que una taza de café, relajante, abrumadora. Te imaginé en tu casa, en tu hogar, compartiendo con él lo que no compartes conmigo. ¿Qué le dirás, qué le contarás?, son preguntas que retumban dentro de mi como martillo sobre clavo.
Hoy es de día nuevamente, el día es gris, seco. Me quedé dormido frente a mi taza de café, sobre la mesa, muy incómodo. Ya no había tiempo de nada, me cambié de ropa y me fui. Al salir recordé que había olvidado mi auto, ¡qué tonto! A caminar. “Perdón, llego tarde de nuevo, ¿qué hay pendiente?”; entro corriendo a mi oficina, mi secretaria tras de mi, libreta en mano dando cita tras cita. Se retira, me siento, tomo el teléfono y te llamo, timbra una vez y cuelgo. Esto de esperar una respuesta a mi llamada me carcome el alma. Por unos minutos me distraigo trabajando, firmo papeles y salgo para una junta. ¡Mi auto! Tomo un taxi y le pido al chofer que me lleve al estacionamiento que esta justo frente a la librería, le pago, me bajo y entro corriendo; le pago al encargado y salgo volado para llegar a mi junta. Tengo que parar en el semáforo, me toca rojo, siempre que paso por aquí me toca rojo, es como si el destino se empeñara en detenerme frente a la librería en que tantas veces nos hemos reunido para estar solos rodeados de gente. Verde al fin, ya voy tarde, tengo que llamar para que no empiecen sin mi; recibiré reclamos, ya que importa.
He vuelto a la oficina, no has llamado. ¿Tan ocupada estarás que no hay un momento para pensar en este hombre que te ama? Tomo un respiro y sigo esperando. Tocan la puerta: “pase”, es ella de nuevo con su libreta. Me va dando los pormenores de lo que será mi tarde si no empiezo a moverme. Me levanto, salgo de ahí buscando mi auto para perderme en el asfalto nuevamente. Sin ti, nuevamente. Son más de las seis, no has llamado y sigo esperando. Voy a la librería a ver si hay indicios de ti y de tus ojos. Entro; aquí todo sigue como si nada, todo el mundo se mueve, caminan por entre tanta letra sin siquiera fijarse en el prójimo. Te busco por cada pasillo, entre cada libro, entre cada página. No estás, no apareces. Te marco. Un timbre y cuelgo. Espero. Han pasado diez minutos y no llamas. Tengo que volver a la oficina, me han llamado para decirme que me espera alguien. Acelero, creo que eres tú. Maldito tráfico no avanza y yo atorado entre un VW y un cadilac, ¡demonios! ¿Por qué se cierra todo ante mi, por qué no puedo llegar a ti? ¡Al fin! Entro al estacionamiento, apago el motor, abro la puerta y corro a ti. Vaya sorpresa, no eres tu. “Pase a mi oficina, en seguida lo atiendo… ¿no ha llamado nadie?”, “No señor”. “Que le vaya bien”, me quedo solo de nuevo. Mil pensamientos revolotean dentro de mí. ¿Por qué? si me propuse olvidarte… sacarte de mi entorno… ¿por qué dejo que vuelvas a invadirme? “Hasta mañana, que descanse”. Camino a casa voy contando las luces de las calles, no me gusta hacerlo porqué eso significa que voy solo y no estás. La casa me espera fría y sombría. No hay que cenar, abro el refrigerador, está lleno pero no hay nada. Volteo a mi derecha y ahí está, la cafetera aún llena. La caliento y me preparo una taza. A mí si me gustan las tazas. Me dan la sensación de seguridad; de lo ordinario, de que todo sigue. Voy a la sala y me tumbo en el sofá. Cierro los ojos y bebo un sorbo. Está tibio… como tu… suave como tú… se desliza por mi garganta como tus manos, como tus besos… Me odio, no entiendo, no comprendo que no estés.
Espero que este día sea mejor. Al menos el agua amaneció menos fría y el jabón no se me ha resbalado de las manos. Café, bendito café que me acompaña y que ha pasado a ser algo así como mi amante. Hoy es sábado. Hay mil cosas que puedo hacer y se me ocurre sólo una: la librería. Llego ahí, tomo un libro y me siento a leerlo. Tengo la esperanza de que llegues, de que me extrañes y vengas aquí. Ya pasaron tres horas; el libro es bueno, el tiempo se me ha pasado de prisa. Creo que ya no vendrás, así que dejo el libro y camino hacia la puerta. ¡Que sorpresa, eres tú la que viene hacia acá! Camino hacia ti sonriendo cuando, de pronto, él toma tu mano y te lleva a él. Mi reacción es seguir caminando, tratando de ocultar mi decepción. Entras y yo me quedo afuera, de pie, pasmado, helado. El verte, el verlos ha sido demasiado. Yo sabía que existía pero no que fuera real. Tengo que huir de aquí, tengo que alejarme. Empiezo a caminar sin volver la vista. Camino y camino hasta llegar a mi auto, me subo y lo enciendo. Siento rabia conmigo, contigo. ¿Por qué habiendo tantas librerías tenías que venir aquí, a ésta? Pago el boleto y salgo del estacionamiento. Tú sales de la librería con él. Me observas sorprendida, con cara de “no puedo hablar”. Me alejo lo más rápido que puedo, no puedo pensar, no quiero idear. Manejé sin saber a dónde me llevaría tanta rabia, di vueltas por las calles sin sentido, llegué a una plaza en donde hay un café. Decidí detenerme, me senté ahí a serenarme; a decidir sin ti lo que sería de nosotros. Pedí un café, levanté la vista y el cielo estaba gris, seco, sin vida...