11.10.08

EL PREVENTIVO........ 5a. PARTE


EL PREVENTIVO

Carlos Román Cárdenas


Veinte años después…

El sol se colaba inmisericorde por la raída cortina. Hacía mucho calor y el sudor escurría por entre las lonjas de Arnulfo. Hacía mucho tiempo que había perdido la condición de atleta. Ahora el deportista se ocultaba debajo de una gruesa capa de grasa y los estragos ocasionados por su rampante alcoholismo eran demasiado evidentes. Le costaba trabajo caminar. No era muy viejo, pero la mala vida le pasaba factura cada que podía. Vivía en un departamento de un madreado multifamiliar de la Cañada. Era lo único que poseía. Esa pocilga y sus recuerdos. Trabajaba de portero en un elegante edificio, en McAllen Texas. Todos los días cruzaba y ya amaneciendo regresaba, sólo para emborracharse hasta perder el conocimiento. Luego se levantaba crudo y tragaba como animal. Ya pardeando se iba a cruzar el puente. Todos los días lo mismo. Desde hacía mucho tiempo sobrevivía gracias a la caridad de algunos de sus antiguos admiradores. Uno de ellos le había conseguido el trabajo en aquel moderno edificio de apartamentos.

Diariamente Arnulfo llegaba muy puntual; directito al lavabo, a darse un baño vaquero. Frente al espejo ensayaba su cara de baqueta y algunos gestos muy parecidos a una sonrisa. Iba y se sentaba en un banquito, a disfrazar su miseria de cortesía y amabilidad. –“Buenas noches, mister Jones… ¿cómo le va Doña Isabel, le ayudo con el mandado?”- Siempre repetía las mismas frases, con la misma tonadita gastada. De vez en cuando se ganaba algún dinero extra lavando los carísimos carros de los inquilinos; algunos ni siquiera conocían su nombre, pero hasta eso, lo trataban bien. A veces, uno que otro le regalaba lo que le sobraba de su comida. Arnulfo se había convertido en la mascota perfecta, calladita y obediente. No le pagaban mucho, pero bien le alcanzaba para cubrir sus más básicas necesidades: comida, servicios y pisto. Era una vida austera, con algunas carencias, pero era lo suficientemente cómoda como para irla llevando. La verdad es que a estas alturas, Arnulfo ya no tenía motivación alguna. Sólo quería ir sobreviviendo, y si el final le llegaba pronto, pues que mejor. Por eso se ponía ésas borracheras; con la esperanza de que algún día un carro lo atropellara. O quizás el tren. Ya lo había pensado antes….

-“Que hueva… otro día más… y que pinche cruda…”- Arnulfo apenas si se pudo levantar, pero eso no era raro, todos los días pasaba por el mismo martirio. Fue hacia la cocina y se sirvió una taza de un café de hacía tres días. Miró por la ventana y vio que era un día normal, como cualquier otro. Meditó sobre cuanto tiempo más tendría que pasar para que su miseria terminara. Luego pensó en ella; como todos los días, todas las horas. Hasta la más insignificante de las cosas le recordaba a Rosita. El dolor ya le era familiar. No era un dolor punzante, al contrario, era un dolor manso, quedo, de ésos que no te matan pero que duran toda la vida. Había aprendido a vivir con él. Era su amigo, su única compañía. Salía del departamento y no se sentía solo. Iba a la cantina y era lo mismo. Hasta le había puesto nombre: “el garrapato”. Ése día en particular lo sintió diferente, un poquito mas fuerte que de costumbre; no le dio mucha importancia, o más bien si. Arnulfo decidió que ése sería su último día sobre este mundo. Iría a trabajar, regresaría y ya borracho, se tendería en las vías del tren. Estaba decidido.

"Otra noche perdida. Ya son casi diez años. He recorrido todas las calles y barrios de Reynosa mil veces y nada. Sé que sigue ahí pero, ¿en dónde? Es increíble que no haya podido dar con ella. Siento su aliento, sus latidos. Sé que sigue viva. Tiene que estarlo. Estoy tan cansado. Ya no quiero ir a buscarla; y sin embargo, no me puedo detener. A estas alturas sólo vivo por ella. Otra noche solo. Ni siquiera he comprado muebles para el departamento. Así se ve mejor. De ésa forma, si un día vuelve a mí, no va a haber nada que distraiga su mirada. Entrará por la puerta y me mirará directamente a los ojos. Yo trataré de mantenerme ecuánime, pero el sentimiento me vencerá. Extenderé mi mano hacia ella y vendrá corriendo hacia mí. No diremos nada. Ni una sola palabra. Nos amaremos y ya. Sin reproches. ¿Qué le puedo reclamar? Si somos una misma persona. Ella es mi creación. Lo mejor que he realizado en mi paso por este mundo de mierda... no tardes tanto, mi amor".

Llegó al edificio mas temprano que de costumbre. Iba bien bañadito y con sus mejores garras: el pantalón Docker’s que le había regalado uno de sus patrones, una camisa que estaba a punto de dar el botonazo, y sus botas bien boleadas. Saludó a todo mundo con inusual alegría y a cada uno le iba diciendo que ése sería su último día en el trabajo. Algunos ni se inmutaron, otros lamentaban el hecho, pero la verdad es que a final de cuentas les daba igual. Empleados iban y venían. Aún así, Arnulfo no se amilanaba, ya se había acostumbrado a la indeferencia de la gente.

Ya casi anocheciendo, Mr. Jones le indicó que ésa noche tendría una cena con amigos y le pidió que se hiciera cargo de estacionar los carros de los invitados; Arnulfo aceptó con la condición de que le regalaran una botella de whiskey. Llegó la hora, y Arnulfo ya estaba listo; unos minutos antes había ido al baño a echarse agua en el pelo y a ponerse desodorante, luego se paró afuera de la recepción con las manos a su espalda y la panza sumida. Le dio risa. Los invitados fueron llegando, él se acercaba y abría la puerta del auto deshaciéndose en reverencias y saludos. Apenas iba a sentarse a descansar un ratito cuando una Escalade se estacionó. Ya le dolían las piernas. El chofer de la camioneta bajó y abrió la puerta trasera. Arnulfo no hizo más que meter las manos en los bolsillos del pantalón y esperó a que bajaran para acercarse y saludar. Dio unos pasos hacia el frente, pero algo le hizo detenerse. Conforme la pareja se iba acercando, el corazón de Arnulfo comenzó a latir más rápido. La mujer lo miró detenidamente al pasar a su lado; él la esquivó y tartamudeó un buenas noches. El aire se le escapaba, su vista se nubló y a punto estuvo de dar el cuartazo. Salió con la velocidad con la que sus gastadas rodillas se lo permitieron, tropezó y fue a dar casi hasta la banqueta. Se arrastró y como pudo se sentó al borde. Las ideas no se le acomodaban en la cabeza, sudaba frío, temblaba. No lo podía creer, dudaba de su cordura, pensaba que las dos neuronas que le quedaban le estaban jugando una cruel broma. –“¿Te sientes bien Arnulfo?”- la voz grave le hizo dar un salto. –“Perdone jefe… no lo oí llegar…” se disculpó. –“Ya te he dicho que no me digas jefe… y no me hables de usted, que soy más joven que tu… o al menos eso parece”- El pálido joven sonrió y se sentó a su lado, -“Pero cuéntame… ¿Qué te pasa?... te ves muy mal”- . Ya más calmado, con la mirada vidriosa, Arnulfo contestó: -“Estoy bien don Andrés, no se preocupe… lo que pasa, es que a veces el pasado viene a perseguirnos…”- La mirada helada del joven hizo que Arnulfo se estremeciera, volteó hacia otro lado. –“¿Y que acaso no siempre nos pasa lo mismo?”- le contestó. Un desconcertado Arnulfo se volvió a Andrés para contestarle, pero éste había desaparecido sin hacer ruido. Un escalofrío recorrió su espalda; un miedo raro quiso invadirlo, pero su mente no estaba para eso.

Se levantó para entrar al edificio. Ahí estaba ella; justo en la entrada, mirándolo. Se detuvo y la contempló concienzudamente. Seguía siendo muy hermosa, todavía conservaba las pronunciadas curvas tipo novia de Condorito, ésas mismas curvas que tantas calenturas le acarrearon. Ella se acercó y él pudo oler su perfume, pensó que debía ser muy caro. En un tono muy suave, Rosita le dijo: –“¿Cómo estas Arnulfo…?-. Él quiso abrazarla, pero logró conservar la compostura. –“Bien mija… ¿y tu, como has estado…?”- la tomo de la mano, pero ella la retiró nerviosa, él sintió un peso en el pecho. –“No puedo quedarme mucho rato… dije que venía por algo que olvidé… la verdad es que nunca imaginé verte otra vez…”-. Rosita volteaba constantemente al elevador, -“dime… ¿estas bien?... supe que…”- calló apenada. –“Si, estuve en la cárcel… pero no duré mucho… me sacaron pronto… ¿y él, es tu marido?”-. Al ver la incomodidad en el rostro de Rosita, Arnulfo se inventó un historia propia, más falsa que nuestra democracia, -“No, no mija… no me puede, al contrario, me da gusto… yo también me casé, tengo dos hijos… son muy buenos niños…”-. Ella lo miró y sonrió. –“Que bueno Arnulfo… me tranquiliza el saber que estas bien… y si, me casé a los dos años de irme de Reynosa… él es un hombre muy bueno, nos queremos mucho… tengo una hija, ya esta por entrar a la universidad… de verdad mijo… no sabes el gusto que me da el que estés bien…bueno, me tengo que ir…”- Arnulfo se quedó mirando como ella caminaba rumbo al elevador, corrió a alcanzarla. –“¡Rosita, espera!... necesito decirte algo…”- Ella se detuvo sin voltear. La voz de Arnulfo se quebró al tratar de hablar, -“Rosita… sé que ya es muy tarde… pero necesito decirte algo…me porté muy mal contigo… te hice mucho daño… y créeme, todos los días me despierto maldiciendo el día que te perdí… sé que ya han pasado muchos años mija… pero necesito saber si me puedes perdonar… por favor…”-. Rosita no quiso voltear para que él no la viera llorar, solo dijo: -“Claro que te perdono… puedes estar tranquilo…”-. Las puertas del elevador se abrieron y Rosita subió. Arnulfo cayó de rodillas deshecho en llanto. –“Gracias… gracias…gracias mija… gracias mi Rosita”-. Se levantó y salió corriendo de ahí. El “garrapato” se había hecho mas chiquito.

Ya como a la una, los invitados comenzaron a irse. Arnulfo entregó los autos muy diligente. Rosita salió con su marido, subieron a la camioneta. Bajó y se acercó unos pasos. Arnulfo sonrió al verla venir. Ella le extendió un billete de cien dólares. Él se limitó a sonreír y rechazó cortésmente el gesto, -“No mija… no me hagas esto… todavía me queda algo de vergüenza…”- alcanzó a decir. Ella sonrió y lo besó en la mejilla. Subió a la camioneta y se perdió en la oscuridad de la noche, como hace veinte años. El la vio irse, pero esta vez no sintió la fuerte picadura de su querido “garrapato”. Respiró tranquilo. Ésa noche había recuperado algo.

-“¿Quién era, lo conoces honey?”- Preguntó su marido. –“No era nadie… un antiguo conocido de la primaria al que la vida ha tratado muy mal… solo eso”-. Rosita miró hacia fuera y no dijo nada más.


Continuará......