28.7.08

Ellas...


No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación...(Jaime Sabines)
Teté Tovar


Todo era verde; alrededor de ellas todo era verde. Se reunieron en el centro, ahí un largo y enorme hombre se acercó a hablares. Ellas intentaban mantenerse juntas, era la única forma de protegerse y resguardarse. Pero así como llegó ese hombre, llegaron otros más. Les hablaban suavecito al oído, querían convencerlas de irse con ellos; pero no, ellas tenían que estar juntas. Las horas pasaban y ellas no hacían más que mirarse unas a otras, se preguntaban entre sí lo que esos hombres querían. Era obvio hasta cierto punto, necesitaban de ellas y ha decir verdad, ellas también los necesitaban. Primero fue la mayor, ella decidió irse con ese largo y enorme hombre que le endulzó el oído. “La blanca” le decían, nunca se supo porqué si su piel era morena. El hombre se la llevó con rumbo desconocido. Nadie volvió a verla.

Como cada día se reunieron de nuevo, ahora le tocó el turno a “la roja” tal vez le decían así por el color de su cabello, un hombre menudo y simpático se le acerco murmurando palabras en su oído, ella sólo lo siguió. Las que iban quedando intentaban en vano mantenerse juntas. Dos días después llego un hombre sencillo, ojos grandes, labios carnosos, que miro tímidamente a “la clarita”; no se llamaba Clara, le decían así por el color de su piel y sus ojos “borrados”. El hombre no se le acercó, simplemente la observaba a una distancia prudente, ella lo veía y volteaba su rostro intentando evitarlo, pero no podía, algo fuerte la atraía a él. El hombre se dio la vuelta y se fue, “la clarita” vio tristemente como se alejó.

Atardecía de nuevo y estaban todas las que quedaban juntas, “la clarita” se sentó en la banqueta, no le interesaba que se acercara otro hombre, sólo el del otro día, pero éste no aparecía. De pronto “la clarita” levantó su mirada, vio detrás del muro al de los ojos grandes y labios carnosos, intentó hablarle con la mirada pero él desapareció. Ella se quedó triste, meditando su falta de valor para acercarse y decirle que la llevara con él. Las demás esperaban en vano el arribo de los hombres de las palabras dulces. Pero nada. Aunque fuera mentira, aunque durara sólo un ratito, esas pocas o muchas palabras las hacían sentir mujeres por un momento. “La clarita” se arrejuntó con las demás nuevamente para esperar. Fue extraño pero hoy no apareció ninguno.

En el centro de tanto verde, ahí estaban de nuevo todas, una ayudaba a la otra a peinarse, a ponerse “bonitas”, al principio eran 15 entre “lisas” y “rayadas”, a una de ellas la llamaban “la negra” era algo así como la líder; las “lisas” eran las más jóvenes, las “rayadas” eran mayores y ambos grupos convivían día a día. Ellos llegaban a buscarlas, siempre con la misma urgencia casi sin fijarse en cómo eran, simplemente con que fueran ellas. “La muerte”, así le llamaban a una de ellas, quizá por ese color azulado que parecía nunca abandonarla, no sabían si estaba enferma o era su color natural. Hoy fue su día un joven alto, delgado, se acercó a ella y le pidió lo acompañara, se la llevo casi a rastras; ella se veía siempre débil pero aún así partió con él. “La lila” y “la bugambilia” sólo atinaron a verse las caras mientras la vieron alejarse. En eso se acerco él, tenía cara de buena persona, unos ojos que sólo mostraban ternura y una sonrisa sincera, era alto, o al menos así lo veía “la clarita”; para ella era alto, tez morena y manos amables. Él se detuvo al verla y ella tuvo que bajar la mirada, se sonrojó como si fuera cualquier otra mujer y no “la clarita”. “La ámbar” se acercó a ella y le pasó un brazo por encima del hombro, “¿te gusta?”, a lo que el hombre respondió “la quiero”, una de las lisas se le acercó y le dijo, “le preguntó a ella, no a usted” y las demás rieron con descaro. “la clarita” se sonrojó nuevamente y sólo mustió un “si”, “entonces qué esperas” le preguntó, “ve con él”. “La clarita” se le acercó y él le pidió que caminara a su lado, en silencio. Al alejarse él le dijo “hace tiempo que la veo, hace tiempo que la quiero para mi” ella sólo guardó silencio, sonriendo por dentro; ella también tenia tiempo viéndolo, ella también lo quería para sí.
Unos meses después, ya no eran las quince, quedaban pocas. “La mandarina” le decían, quizá por pequeñita, no se sabe en realidad. De poca estatura, delgada, ojos verdes y pecosa. Tenía siempre un aire triste en su mirada pero sonreía con frecuencia, ella se mantenía un poco al margen de las demás ya que siempre parecía estar en otro mundo, era más bien algo retraída. Una tarde, estando sentada en lo verde, se acercó un hombre alto, aperlado que le dijo “quiero que vengas conmigo, quiero llevarte lejos” sus verdes ojos se chisparon, su sonrisa apareció y se puso de pie, “¿porqué yo? Habiendo otras tan guapas, ahí tiene a “la negra”, todo ese porte en una sola mujer” él se limitó a escucharla y sonreír; las demás la miraban con ojos inquisitivos, insistentes, “la soleada” llamada así por su tonito amarillento, le hacía señas con la mano como diciendo “¡vete ya, qué esperas!”. “La lila” y “la bugambilia” se miraban entre sí y la miraban a ella, “la hiedra” no pudo más y le grito “no seas boba, ve con él”; “la mandarina” se acercó al hombre, lo miro de arriba abajo, se paró a su lado y se “midió” con él para ver su estatura. “La negra” se quedó observándolos y se fue acercando lentamente mientras apagaba su cigarrillo. “mira mujer, o te vas con él ahora o te quedaras aquí de muestra” le dijo al tiempo que le tomaba la mano y la unía con la de él quien sonrío de nuevo atrayéndola hacia sí susurrando algo en su oído, “la mandarina” sonrío asintiendo levemente y ambos se alejaron de ahí.

Una noche “la negra” se dio cuenta que estaba sola, espero en vano a las demás pero nunca llegaron, encendió un cigarro y se sentó a esperar. Pasaron las horas y se hizo de madrugada, empezó a desesperarse y tomó su bolso para irse. De pronto entre las sombras surgió él, un hombre misterioso que la tomó por cintura y le dio un largo beso, así sin pedirle permiso. Ella se sobresaltó, ellas no besaban a nadie, nadie las besaba a ellas…en los labios. Intentó alejarse de él, jamás lo había visto y…esas cosas no se hacen, no está permitido. El hombre no la soltó y se la llevó, de lejos parecía a la fuerza, pero en realidad no era así. Desde hace tiempo ella lo esperaba, desde hace mucho ella deseaba ser besada así. Nadie extraño su presencia en aquel lugar, nadie se dio cuenta que no estaban más. Así como llegaron así fueron desapareciendo, una a una, dejando nuevamente lo verde…verde.


1 comentario:

Diario de una Obesa en Mty dijo...

eit, de ante mano gracias por tu comentario! y me encantaría seguir en contacto contigo, como tu dices estoy así por que yo misma lo hice y lo puedo deshacer, desconozco tu caso pero tambien eres muy honesto!! DE ANTE MANO GRACIAS
y como tu dices
ESTA CABRON!