13.7.08

DORITA ES ZURDA...


DORITA Y SU MANO PACHONA
Carlos Román Cárdenas


La escena no lucía nada bien. Por más validos que fueran los argumentos de Dorita, ¿quién en el hospital iba a ver con buenos ojos que un empleado de limpieza acariciara con singular alegría el cuerpo desnudo de una cuadrapléjica, mientras ésta lo masturbaba con la única mano que podía mover? Nadie. No comprenderían, nunca entenderían lo salvaje que puede llegar a ser la sexualidad de quien no puede ejercerla libremente. El sexo es una de las muchas cosas que el ser humano da por sentado. Subestimado, definitivamente.
El chisme sobre el incidente manual de Dorita corrió a velocidad luz por los pasillos del inmueble, y los directivos del hospital temieron que la noticia fuera a parar a la prensa. Estaban indignados. Nunca antes habían tenido semejantes antecedentes. Inmediatamente tomaron medidas; corrieron al pobre Sergio y decidieron que desde ése día, sólo personal femenino iba a tener acceso al cuarto de Dorita. Ella no dijo nada, se limitó a librar de toda culpa al conserje. Su madre tampoco hizo comentario alguno.
Doña Lupe era una mujer callada. Desde hace ocho años no hacía otra cosa más que dedicarse de tiempo completo al cuidado de su hija. Ni marido, ni hijos, ni puesto de gordas. Nada. Dorita era su vida y en parte también, su agonía. No se rajaba. Ahí estaba siempre, dando pelea. Soportando lágrimas, berrinches, mentadas de madre. No lloraba y desde hace mucho tiempo, había olvidado como reír. A veces sentía que las fuerzas la abandonaban, pero cuando eso ocurría, se imaginaba en el lugar de su hija. En el infierno de su inmovilidad. En las ganas reprimidas, los anhelos frustrados, las esperanzas perdidas. Ésa era su terapia.

-“Debes aceptar a Cristo nuestro señor, como tu salvador…”-. Las palabras de la hermana Cristina sonaban huecas, hirientes. Siempre con el mismo sonsonete. Predicaba echando sal en la herida, y parecía gozar con ello. Usaba un tonito burlón, como pensando: -“ándele culera… por eso estas como estas… por puta… ¿Qué tal si caminaras?, ¡já! Ya me imagino…”-; al menos así lo imaginaba Dorita al seguir el movimiento de esos labios delgados, como de rana. Nunca le respondía ni le contradecía. Pero ése día en particular, Dorita traía el demonio adentro; como diría su mamá. Sus ojos negros brillaban furiosos y era sólo cuestión de tiempo para que de su boca comenzaran a salir toda suerte de barbaridades. Pudo haberse ido al insulto barato, pero no. Quería penetrar, adentrarse en las partes más sensibles del mocho interior de la pseudo predicadora. –“Oiga hermana… ¿los cristianos cogen?”- Un silencio denso inundó la habitación. Doña Lupe se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal; trató de distraerse viendo el tráfico sobre el boulevard Hidalgo. La hermana Cristina hizo una pausa, cerró los ojos e inhaló con fuerza. Acarició la Biblia que descansaba sobre su regazo y miró a Dorita. –“No hermana… nosotros tenemos cosas más importantes en que pensar…”- Dicho lo anterior, abrió el libro para leer otro pasaje; volvió a ser interrumpida. –“Bueno, pero usted tiene hijos… cinco, para ser exactos… además, creo que perdió otros tres… y pues… no creo que hayan sido producto del espíritu santo… con perdón de Cristo nuestro señor aquí presente, ¿o si?”- Las palabras comenzaban a calar en la humanidad de la hermana. Desvió la mirada buscando que Doña Lupe interviniera, pero sólo encontró su espalda indiferente. –“¿Si hermanita, sus hijos fueron engendrados por Dios padre?... ¿es usted como la virgencita María?... ah, perdón… ustedes no creen en la virgen…”-.Cristina comenzó a ponerse roja, sus movimientos entorpecieron y en una de ésas, su Biblia fue a dar al piso. Trató de hacer un esfuerzo, pero su voz ya no era firme ni pausada; era chillona y vacilante. –“Mira nomás lo que me haces hacer… que bárbara…”- dijo mientras levantaba el pesado libro del suelo. –“¡Y para que te lo sepas niñita, nosotros creemos en el sexo por amor, y siempre dentro del sagrado matrimonio!… ¡no lo vemos como algo morboso o sucio, ni andamos fornicando como animales!”-. La hermana usaba la palabra fornicar y sus derivados porque el pastor de su iglesia la utilizaba a menudo, y porque según ella, era una palabra muy bíblica. –“Oiga hermana… ¿y usted cree que los apóstoles se cogían a sus esposas?... o el niñito Jesús… ¿usted cree que se cogía a María Magdalena, como últimamente se anda diciendo?... yo creo que si no se la cogía, de perdido se la jalaba pensando en sus puterías… al fin de cuentas era de carne y hueso, por más hijo de Dios que fuera…”-. La hermana no pudo contenerse más y se abalanzó sobre Dorita. –“¡Cállate niña pendeja, cállate!”- Doña Lupe vino corriendo y la tomó de los hombros, pero el coraje hacía que fuera difícil contenerla. Gritaba y manoteaba como loca, tratando de expulsar a los demonios que seguramente habitaban el cuerpo de la desdichada muchacha. La gritería hizo que personal del hospital viniera enseguida. Entre dos enfermeros lograron someter a la hermana Cristina, poniéndola de cara al helado piso. Pasados algunos minutos, se calmó. Pidió disculpas y se acomodó el traje sastre. Ya de salida y con los ojos húmedos dijo: -“Voy a orar por ti mija, para que Cristo Jesús entre en tu corazón…”-. Los ojos negros de Dorita la alcanzaron, -“Yo también voy a orar por usted hermana… para que Dios la ilumine y la haga un poquito más humana…”-. No dijeron nada más, la hermana nunca volvió.
Dorita era creyente. Simplemente, a veces dudaba de las misteriosas maneras de trabajar de Dios. Es normal. Estaba enojada con la vida. No entendía cómo una muchacha como ella, con toda una vida por delante, podía haber terminado en una cama de hospital, sin poder mover más que su mano izquierda. Estaba harta de que a cada rato le recalcaran lo valiente que era por seguir adelante. Para ella no era valentía; era resignación. ¿Qué chingados le hacía?, si por ella fuera, desde cuando se hubiera aventado por la ventana. No señor, no le puedes decir a alguien que es valiente sólo porque sobrevive postrado en una cama. Eso no es valentía. El ser humano sigue adelante porque su instinto de supervivencia aflora. Es algo primitivo, animal.

-“Me quiero morir mamita… ayúdame, por favor…”-. Generalmente, a Dorita la atacaban unas severas etapas depresivas después de cada uno de sus ataques de ira. Entonces, volvía a ser la misma muchacha indefensa, de voz dulce. Le pedía perdón a todo mundo, a su mamá, a las enfermeras, a los doctores, incluso hasta a Dios. Por las noches le rogaba que terminara con su vida, le prometía no volver a proferir blasfemias. Le pedía hasta el cansancio que la sacara de la condición en la estaba. Maldecía aquella noche de Diciembre, la misma en la que perdió todo. “Si al menos no hubiera ido a ésa posada… tan a gusto que estaba yo viendo la tele…”, pensaba una y otra vez. “Y todo por ver al idiota del Pepe… ¿y para que, para que me dejara tirada en el pavimento con el pescuezo roto?... si el infeliz ni siquiera fue para llamar una ambulancia… no debí salir, tan a gusto que estaba viendo la novela…”. Pero ésa noche Dorita no se quedó en casa a ver la televisión. En cambio, salió casi a escondidas para ir a una posada de la maquiladora. Ya de regreso, un conductor borracho la lanzó casi treinta metros sobre el libramiento. Recién había cumplido los diecisiete años.
Recuperó el conocimiento casi un año después, aunque estaba convencida que lo mejor hubiera sido no haber despertado jamás. -“Andale mamita… ayúdame… ya no quiero estar así…”-. A pesar de lo dramáticas que fueran sus escenas, Dorita sabía que por más ruegos y berrinches que hiciera, su mamá nunca la pondría a dormir para siempre. Lo que no sabía, era que Doña Lupe estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en sus manos para calmarle el sufrimiento. Su madre era una mujer dura, pero no insensible. Estaba consciente que su niña nunca iba a volver a ser la misma de antes. Que por más esfuerzo o dedicación que le pusieran, nada le iba a garantizar a su hija una vida plena. Nunca se iba a casar, a tener hijos. ¿Y que iba a pasar el día que ella muriera, quien se iba a hacer cargo de Dorita?, ¿viviría hasta morir de vieja en un hospital sin poder ver más que un pedazo de cielo por el ventanal? Eso no es lo que una madre desea para sus hijos. Al menos ella no.

-“Estoy decidida doctor… creo que es lo mejor para ella…”-. Dijo Doña Lupe, sin agregar la más mínima emoción a sus palabras. El doctor Herrera se le quedó mirando por tres largos minutos, ella ni se inmutó. –“Esta bien, Doña Lupe… déjeme pensarlo… mañana le doy mi respuesta…”-. El doctor se levantó de su silla y acompañó a la señora hasta la puerta. Antes de irse, Doña Lupe lo tomo de las manos, –“Gracias, doctor…”, dijo. -“No me lo agradezca, que todavía no le he dicho que si…ándele, que le vaya bien, salúdeme a Dorita”-. El doctor regresó a su escritorio y le pidió a su secretaria que no le pasara más pacientes. Necesitaba salir de ahí, tomar aire fresco. Manejó sin rumbo fijo, terminó estacionado en la Plaza Principal. Sentado en una banca, miró a la gente pasar. Pensó en Dorita, en su mamá, en su esposa, en sus hijos. Trató de imaginar, hizo suposiciones, recuentos. Necesitaba hablar con alguien sobre el tema. Llamó a Federico, un psiquiatra medio pretencioso al que conocía poco, pero del cual se hablaban buenas cosas. Quedaron de verse en el Sanborn’s a las seis. Eso si no llovía, claro.
Herrera no se equivocó, Federico era bien mamerto. Aún así, le contó del dilema en el que se encontraba, y para su sorpresa, coincidieron plenamente. –“Mire doctor, yo creo en el ser humano, en sus circunstancias, en sus necesidades… estoy convencido que nosotros como médicos, tenemos la obligación de hacer menos penoso el trance de una enfermedad o condición… al final de cuentas, estamos tratando con gente que siente, con gente que desea… no se mortifique doctor, es usted un buen hombre y esta en lo correcto…”-. Las palabras de Federico reconfortaron a Herrera, pero éste no se lo hizo saber. En cambio, se quedó mirando el ir y venir de los carros; -“que buena vista tienen desde aquí…”-. Federico sonrió y se despidió. Herrera se quedó una media hora más, contemplando la vida allá afuera.

Cuánta soledad hay en el mundo. A los dos días de publicarse el anuncio, cientos de hombres de todas las condiciones, edades y formas, respondieron al llamado. La cita era en el consultorio particular del doctor Herrera, y la única condición que se les imponía era que no padecieran ninguna enfermedad contagiosa; de los perfiles psicológicos y demás detalles se encargarían Herrera, Federico y Dorita, personalmente.
Fue tal la respuesta que eso más bien parecía la audición para algún reality show. Tras más de doce extenuantes horas de entrevistas y fotos, por fin se dio por terminada la jornada de selección. A cada uno se le explicó detalladamente en que consistía el asunto y a todos se les obligó a firmar un documento de confidencialidad, notario público de por medio. Los elegidos serían notificados en un mes, y no se permitirían presiones de ningún tipo. Si a alguno de ellos se le ocurría llamar o preguntar, automáticamente quedaría descalificado.
De lunes a viernes, de seis a ocho, los médicos llevaban café y pan dulce al cuarto de Dorita. Ahí, iban eliminando a los candidatos menos aptos y a uno que otro psicópata. Dorita tachó de la lista al marido de la hermana Cristina, nomás por no chingar gente. A la tercera semana, la lista ya estaba terminada. Los últimos siete días se emplearon en planear el rol y la logística. Esto fue un poco complicado, pero respaldados por activistas pro-derechos humanos y blandiendo algunos tratados de países como Suecia y Dinamarca, las autoridades terminaron por respaldar el controvertido plan.
Se cumplió el plazo y los elegidos fueron comunicados puntualmente. Las citas serían de una a tres horas máximo, siempre a las 5 de la tarde. Los domingos serían de descanso, salvo aquellas ocasiones especiales en las que se organizaría un gang-bang; o para quienes no ven pornografía, un “todos contra Dorita”.
Por fin llegó el día. El doctor Herrera y Federico se encontraban nerviosos; todo lo contrario a la mamá de Dorita, quien soñaba ya con las horas de descanso que tendría a partir de ése momento. Incluso, planeaba ya la reapertura de su puesto de gordas.
Justo después de la comida, Dorita recibió un baño a consciencia. Hasta una de las enfermeras; muy enterada de cosas cachondas y sexosas, le hizo un depilado especial tipo teibolera. Dorita pidió que la perfumaran y la dejaran completamente desnuda, destapada.
Llegó la hora señalada. El primero de los afortunados hizo su aparición: Arnulfo, un famoso ex luchador convertido en velador. Entró y al ver el delgado y moreno cuerpo desnudo de Dorita, se sintió intimidado. Ella lo miró y su honesta sonrisa despejó cualquier duda en la mente del cincuentón.

-Ven Arnulfo… acércate… no sientas pena, puedes tocarme…-
-Pues… la verdad, yo quería platicar un ratito…-
-No te preocupes, podemos platicar… pero ven, tócame… no desperdiciemos esta oportunidad… déjame hacerte sentir bien…-
-OK… gracias…-

Desde ése día, nacieron varias Doritas. Dorita amante, Dorita psicóloga, Dorita amiga, Dorita mamá. Por su habitación, desfilaron diferentes historias; ilusiones, traumas, inquietudes, decepciones. De ésa manera Dorita viajó, conoció, sintió y vivió a través de sus amantes vespertinos. ¿Qué importaba que uno que otro le endulzara el oído con promesas de amor? Para ella todo era nuevo, fresco, vivo.
No hubo más arranques de ira, ni depresiones despiadadas. Por las noches, Dorita miraba por la ventana el cielo estrellado. Pensaba en lo afortunada que era. Después de todo, tenía más sexo y variedad que cualquier mujer promedio.
Un día, en la oscuridad de la noche, hizo un recuento y llegó a la conclusión de que era feliz en un cincuenta y cinco por ciento. “Bastante feliz para estos tiempos”, pensó; “Bastante feliz…”.

2 comentarios:

Emma Buffei dijo...

Jajajaja...No sé ni por donde empezar...Pensaba que a Dorita le aplicarían una especie de eutanasia, luego que le harían tener un bebé jajaja...Pero, ¿Tanto sexo? jajaja...En fin...¿Cómo es eso de ser feliz en un 55%? Jajajaja

Joaquim dijo...

Un cuento muy agradable.